… cuando un amigo se va.

 

Jueves 31 de Octubre, víspera del día de muertos. O de todos los santos. O Halloween. Qué más da cómo lo llame. En estos días el velo entre el mundo de los vivos y de los muertos es más fino que nunca, facilitando así el contacto de unos y otros. Los que estamos a este lado y los que os habéis ido. Y es que de eso quiero hablar hoy, del amigo que se me ha ido, de mi pequeñín, de mi boliche.

Hace ya un mes que te fuiste, y aún no he sido capaz de despedirme «oficialmente». Cosas del duelo. También porque sé (porque además tú nos lo dijiste) que te quedarías a nuestro lado hasta que naciera el bebé, porque tu misión en esta vida es protegernos, y, como buen gato testarudo que eres, sé que así lo vas a hacer, aunque tenga que ser desde el otro lado. De hecho, algunas veces aún te siento a mi lado, y eso me hace sonreír, recordando esa capacidad tuya de perseverar hasta la extenuación para conseguir las cosas que importan.

Todavía no puedo evitar emocionarme, incluso llorar, cada vez que pienso en ti. No sabes cuánto te extraño, cuánto me faltas. Ya no hay agua ni restos de comida en la encimera de la cocina, en el suelo ni en las paredes. Ya no hay arena ni pipí alrededor del arenero. Ya no hay pelos blancos en la ropa, ni nadie se las ingenia para abrir el armario y tirar todo al suelo para hacerse una buena guarida dentro. Ya nadie me sorprende escondido detrás de las puertas para colgarse de mis piernas cuando paso. Ni nadie que me despierte a las 2, a las 4 y a las 6 de la mañana con sus ataques de amor. Nadie me mordisquea los hombros ni la cara con tanto cariño, y tampoco nadie me mira con sus ojitos azules, transparentes, con esa mirada de devoción y amor infinitos. Ya nadie me amasa la barriga ni me llena la ropa de babas. Ya no se oyen tus maullidos lastimeros, ni nadie rasca la puerta o la ventana con esa insistencia durante 10 ó 15 minutos para salir fuera de casa y automáticamente pedir volver a entrar. Nadie se tumba en el teclado del ordenador cuando intento trabajar ni en el libro que estoy leyendo. Y puedo tirar las cajas de cartón sin remordimientos por quitarle su castillo a nadie. Puedo hacer punto, colorear y hacer manualidades sin que me vuelva nadie loca jugando con el material o tirando todo al suelo. Nadie maúlla enfervorecido cuando abro un bote de garbanzos o de espárragos, y puedo tirar el líquido sin que nadie quiera bebérselo a toda costa. Nadie chupa los botes de tomate frito ni se cuelga de las agujas del reloj. Nadie pide como loco su ración de lechecita de avena en el desayuno. Y hay tanto silencio en casa… Ya nadie me hace reír con sus posturas mientras duerme. Y puedo cambiar las sábanas con total tranquilidad, sin juegos ni escondites. Ya no vamos a ser 7, ahora volveremos a ser 6. Hasta el coche grande parece que es ahora inútil. Te echo tanto de menos

Llegaste a mí creyéndote un «gato malo», con el corazón herido y pensando que no merecías un hogar. Y después de todo este tiempo que hemos vivido juntos, que se ha quedado tan corto, has demostrado que eres un grande entre los grandes, que tienes un corazón enorme y tantísimas cosas que enseñarme… Acerté de pleno al cambiarte el nombre y llamarte Yam, el mantra del chakra corazón, cuya afirmación es «Yo soy Amor». Puedes irte bien orgulloso de todo lo que hemos trabajado juntos, lo tuyo y lo mío. Gracias a ti he comprendido la importancia de aprovechar la vida al máximo, de disfrutar de las cosas más pequeñas, de confiar y de amar, de cuidar las relaciones y a los seres queridos. He aprendido a aceptar las cosas tal como son, sin pretender cambiar lo que no me corresponde a mí cambiar. A respetar tiempos y procesos con paciencia. A vivir el presente sin miedo, con entrega, con confianza, y dejar de preocuparse tanto por qué pasará mañana. «Lo único que importa es el amor», nunca estas palabras habían tenido para mí tanto sentido. La muerte puede llegar en el momento menos pensado y de la forma más tonta, más sibilina, más inesperada… ¿de verdad vamos a vivir con miedo, dándole la espalda al amor? No me refiero al amor romántico hacia otra persona, sino al amor a la vida en sí misma, a los animales, a las plantas, a todos los seres sin excepción. Porque de golpe y porrazo, la vida se acaba, y entonces vienen los lamentos. Tú no querías irte, y ninguno de nosotros imaginábamos que lo harías tan pronto. Pero de repente sólo queda tu recuerdo, tu recuerdo y tu esencia. Y una gran lección: aprovecha tu tiempo, porque no sabes cuánto te queda…. y la mejor forma de hacerlo es amando y honrando la vida a cada minuto. «Lo único que importa es el amor» (*).

Contigo se va un pedacito de mi alma, pedazo que gustosamente te regalo. Me dejas en el corazón un gran vacío y la sensación de que algo se me ha apagado, pero a la vez un sentimiento enorme de gratitud. Doy las gracias porque llegaras a mi vida, por el tiempo que hemos compartido y por las lecciones que me has dado. Doy las gracias por haber recibido tu amor, ese amor tan limpio y tan puro reflejado en tu mirada, y por haber tenido la oportunidad de amarte, aunque haya sido de una manera más chapucera. Cuánto tenemos que aprender los humanos respecto a esto del amor. El Universo te lo da, el Universo te lo quita… agradece sus bendiciones.

Sé que la muerte es sólo una transición, que no es un adiós definitivo, y que, al fin y al cabo, la muerte sólo es volver a casa, a un hogar al que todos, antes o después, vamos a volver. Que no hay vida sin muerte. Que en realidad no hay muerte sino renacimiento, transformación. Somos eternos, inmutables, infinitos. Somos puntos de conciencia, puntos en un océano de luz. Sé que estás bien ahí donde estás, y sé que me seguirás cuidando y acompañando todo el tiempo que creas necesario. Sé que todo está bien como está, e intento pensar que hay razones más profundas que justifican que te hayas ido de esta manera y en este momento, y confío en que así sea, aunque todavía el dolor me impida verlo. «Te vas sin conocer a Hugo», te dije, e inmediatamente sentí que no era verdad, que de alguna manera ya os conocíais. Ojalá tenga algún día la sabiduría necesaria para comprender lo que es la muerte, ojalá algún día tenga una visión más amplia de lo que es la vida.

Ahora sí, por fin he conseguido despedirme. Buen viaje, amigo, compañero. Buen viaje, mi pequeñín. Te veré en otra vida, ojalá que así sea.

 

BABA NAM KEVALAM

(Todo lo que hay es Amor)

 

*Éste fue uno de los primeros mensajes que recibió de las ballenas mi amiga y maestra Marivi Simona, mensaje que últimamente tengo muy presente y que tiene el poder misterioso de «colocarme».

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