Vivir en modo avión

Venía pensando desde hace unos días que ya “me tocaba” escribir en el blog, y me he decidido a hacerlo hoy, aunque no tenía una idea muy clara sobre qué decir. El caso es que, entre unas cosas y otras, cada vez que pretendo sentarme delante del ordenador, me viene a la cabeza algo que “tengo” que hacer: ir adelantando algo de cena, dar de comer a los gatos, llamar a mi madre, poner la lavadora, buscar cierta información en internet, mensajes de whatsapp sin contestar… Al final, 40 minutos más tarde de lo que pretendía, me he conseguido sentar y he decidido poner el móvil en modo avión, en un impulso desesperado de “por dios, dejadme en paz”. Y entonces me pregunto: esto, ¿qué es? ¿Minimizar las distracciones para poder centrarme, o justificar con tareas las pocas ganas que tengo de contacto? Y de esto entonces voy a hablar hoy (mientras escribo esto me doy cuenta de que al final no puse la lavadora… y allá que voy).

Me parece impresionante la cantidad de estímulos que tenemos alrededor y que nos desvían de lo que importa. Y me surge una nueva pregunta: ¿qué es lo que importa? Porque me llega un tufillo que me dice que lo que importa no es lo que urge, ni lo que tenemos que hacer, ni tampoco las obligaciones. ¿Cuántos besos, abrazos y caricias hemos dejado de dar porque tenemos tareas pendientes y no podemos “entretenernos en eso”? ¿Cuántas veces dejamos de jugar con nuestros animales o hijos porque hay cosas más urgentes? ¿Cuántas conversaciones cortamos porque no podemos perder tiempo? Escribo estas reflexiones y me doy cuenta de que quizá lo que consideramos distracciones son las cosas vitales, y lo que consideramos vital es en realidad distracción. O que está todo entremezclado y nada es ni una cosa ni la otra, sino que son las dos a la vez. O ninguna. Me explico.

Pienso en la práctica de Yoga (o de cualquier otra cosa que nos guste), y en esas ocasiones en que estamos tan comprometidos que nuestra sesión se convierte en prioridad, y todo lo demás sobra, y en esas otras veces en que, por el contrario, cualquier cosa (un amigo que nos llama, una molestia física, el cansancio…) nos saca de la práctica y nos acaba, al final, haciendo perder el hábito que tanto tiempo nos había costado consolidar. Me remito a la entrada anterior, en la que hablaba de los Yamas y los Niyamas, y me centro en Tapas, el compromiso, la disciplina. Todo lo que me aleje de ahí, de mi práctica, me está desviando de mí misma.

Pero a la vez me doy cuenta de que muchas veces, esta tendencia a “refugiarnos” en el hacer, y dejarnos arrastrar por la obligación es también una manera de evitar el contacto con el otro, de evitar sentir. Si pienso en todo lo que tengo que hacer y además lo hago de una forma acelerada, rara vez me estoy parando a sentir, rara vez estoy trabajando el vínculo, el contacto, el compromiso. Me escapo. Entonces, en algunas ocasiones, se me hace difícil distinguir entre lo urgente y lo importante, entre la distracción y lo vital. En esas ocasiones, el “modo avión” pasa de ser una necesidad para centrarse y sentirse a ser una excusa para alejarse y evitar el contacto. ¿Dónde está la frontera? Y es aquí que me doy cuenta de que estamos empeñados en vivir dualidades que, en realidad, no existen, y que por eso a veces nos cuesta distinguir una cosa de la aparente contraria.

Estoy leyendo estos días un libro de Ken Wilber, Conciencia sin Fronteras, en el que explica (entre otras cosas) que la búsqueda del yo tiene como consecuencia la conciencia de unidad, precisamente por la percatación de que estamos buscando algo que, en realidad, no existe, y que por eso nunca lo podemos encontrar. Es imposible encontrar un yo separado, porque no lo hay*. Lo más que podemos hacer es eso, buscar, y así darnos cuenta de esto: el “yo” es irreal. Y esto me lleva a pensar en los dos últimos pasos del sendero del Yoga de Patanjali, Dhyana, la meditación, donde existe aún esta percepción dual (el observador y lo observado) y Samadhi, la autorrealización o liberación de la dualidad, la fusión con el todo, la toma de conciencia de que estos límites entre el observador y lo observado, el sujeto y el objeto, son totalmente ficticios e inexistentes.

Y digo todo esto porque, al final, intentar trazar una línea entre la distracción y la no-distracción, una línea entre el yo y el no-yo, es una tarea irrelevante. Quizá nos empeñamos demasiado en delimitar los pares de opuestos, sin darnos cuenta de que cada uno de los polos contiene, irremediablemente, al otro, porque de hecho, son solamente uno. No habría cara si no hubiera cruz, porque ambas, cara y cruz, son una misma cosa. No hay principio sin fin, ni fin sin principio, no puede haberlo. De igual manera, para que exista yo tiene que existir el otro, y por lo tanto, yo y no-yo son dos caras de una misma moneda: la existencia, la conciencia misma.

Cierro entonces esta entrada (algo farragosa, todo sea dicho) con esta idea… ¿es posible vivir en modo avión? ¿Es posible desconectarse del otro y centrarse en uno mismo? Pues depende. Si hablamos desde una perspectiva dual (que sería una especie de “primera fase”), sí, podemos abrirnos y podemos cerrarnos, podemos hacer y podemos sentir, podemos ver y podemos ser vistos. Pero si hablamos desde una perspectiva no-dual (que supone un nivel de conciencia mucho más profundo), entonces no, no lo es. No podemos desconectarnos del otro porque, para empezar, no estamos tampoco “conectados”. No hay conexión, hay identidad. No podemos centrarnos tampoco, porque no podemos estar descentrados. Podemos tener esa sensación, esa conciencia de nosotros mismos, pero no es real. La realidad es que soy yo y soy tú, soy todo, pero también soy nada. La realidad, es, simplemente, la experiencia de Ser.

Hari Om Tat Sat (Sólo lo Absoluto es Real)

Imagen: Pinterest

Irene.

 

*¡Ojo! Con esto, obviamente, no quiero decir que todo el trabajo terapéutico de construcción del ego, de integrar la sombra, el cuerpo, la mente y las emociones, sea un sinsentido. Tenemos también que ser conscientes de que no se puede empezar la casa por el tejado y pretender alcanzar la conciencia de unidad sin antes tener un ego sólido y solvente, porque, al final, es el instrumento con el que nos movemos en el mundo. Para trascender el ego, no lo olvidemos, primero hay que conocerlo. Hablamos de diferentes niveles de conciencia, y no podemos llegar a uno sin tener bien asentado el anterior. Igual que en Ashtanga Yoga, antes del Samadhi, Dhyana. No podemos pretender fundirnos en un todo si no sólo nos sentimos separados del otro sino que, en nuestro interior, también estamos escindidos.

2 Comments

  1. Hola
    Recuerdo una conversación hace unos años con mi jefe directo que me planteó si no sabía diferenciar entre lo urgente y lo importante.
    Mi respuesta fue que posiblemente el problema era que en esa empresa todo era urgente e importante.
    No me respondió nada y cambió de tema.
    A lo peor esto es lo que nos ocurre actualmente por el tipo de vida que llevamos.
    Totalmente de acuerdo con que debemos parar de vez en cuando (modo avión) y seleccionar un modelo de vida con ciertos cambios en nuestros hábitos y ver qué ocurre.
    Es sorprendente descubrir la cantidad de sensaciones beneficiosas que nos estamos perdiendo.
    Gracias por tus invitaciones a la reflexión.

    Emiliano Ruiz

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