¿Triste… o enfadado? ¿Enfadada… o triste?

Emociones… ¿negativas?

Hoy me gustaría hablar de dos emociones mal llamadas “negativas” que suelen estar bastante entremezcladas: la tristeza y la ira. Y digo “mal llamadas” porque, a mi entender, no hay emociones negativas, sino solamente emociones que no se saben gestionar. Partimos de la base de que todas y cada una de las emociones son respuestas de nuestro organismo ante estímulos externos o internos, con el objetivo de provocar en nosotros una reacción. Considerando las cinco emociones básicas (alegría, tristeza, miedo, rabia y asco), podemos ver claramente que todas ellas cumplen una función (el contacto con el otro, el llevar la mirada hacia adentro, la huida del peligro, el establecimiento de límites, la repulsa ante elementos potencialmente dañinos para el organismo) que podemos calificar, a priori, como positiva. Otra cosa es cuando la emoción, en lugar de desvanecerse una vez que ha pasado el estímulo y ha cumplido su función (“y a otra cosa, mariposa”), se nos enquista, se nos queda ahí latente en forma de trauma o bloqueo, volviéndonos cada vez más reactivos a estímulos similares que, en condiciones normales, no provocarían una respuesta tan intensa (incluso exagerada).

Pongamos un ejemplo: voy paseando por una urbanización, veo una casa que me llama la atención y me asomo a la verja para curiosear. De repente, un perro enorme me sorprende con sus ladridos y gruñidos, y mi reacción instintiva (casi como un acto reflejo), es pegar un salto hacia atrás para alejarme. Siento que mi pulso y mi respiración se han acelerado, lo que me ha ayudado a pegar ese salto. El perro se aleja. Sigo paseando y, pasado un rato, observo como todo ha vuelto a la normalidad. La emoción (el miedo) ha cumplido su función (la huida). Otra cosa es que, a partir de este momento, empiece a tener pesadillas con perros furiosos, y cada vez que vea un perro, aunque esté paseando por la calle tan tranquilo, me eche a temblar, mi pulso se acelere, mi respiración se altere… aquí estamos ya ante una emoción enquistada, un bloqueo, un trauma.

Pero, al margen de todo esto, hoy quiero centrarme sólo en la tristeza y la rabia, porque muchas veces, las confundimos. Son éstas dos emociones que solemos entremezclar, que una tapa o esconde a la otra. Cada vez que alguien me dice que está muy triste o deprimido, me pregunto si estará en realidad enfadado y con quién. Y al contrario, ante una persona irascible, ofuscada y excesivamente crítica, sé que por detrás puede haber algo (o mucho) de tristeza.

La tristeza

Decíamos antes que toda emoción tiene su función, pues bien, la de la tristeza es tomarnos un tiempo y un espacio de retirada que nos sirva para reflexionar, para sentir, para llevar la mirada hacia adentro y procesar las vivencias que hayamos tenido. Sea la muerte de un ser querido, el fracaso de un proyecto, la pérdida de un empleo o una ruptura sentimental, sea lo que sea, necesitamos un tiempo para procesarlo. Y esto no es fácil si nos volcamos hacia afuera y pretendemos hacer como si no pasara nada (ojo al salir de juerga para olvidar y cosas así…). Entonces, muchas veces, lo que sucede es que, por miedo a sentir el dolor, por la aversión a la propia tristeza e incluso por no querer ni siquiera reconocer que algo nos ha dolido y nos duele (atención a las necesidades insatisfechas, identificadas o no), nos volvemos irascibles, nos ponemos la máscara del enfadado con el mundo y comenzamos a atacar a eso que nos ha hecho daño, y, de rebote, a todo lo que se nos ponga por delante que nos lo recuerde a un nivel consciente o inconsciente.

Es muy frecuente, por ejemplo, encontrar familias cuyos miembros apenas se dirigen la palabra, enfadados los unos con los otros, cuando lo que subyace es algún tipo de dolor por no haber prestado atención a las necesidades y deseos individuales, por acciones pasadas que, en lugar de haberse expresado cómo se sentía cada uno y qué necesitaba, han desembocado en rabia, en amargura y resentimiento. Normalmente el más enfadado es el más dolido, el más triste. Lo curioso es que, con frecuencia, ni siquiera él mismo se ha dado cuenta.

La rabia

La función de la rabia decíamos que era poner un límite, un “hasta aquí hemos llegado”. A mí me gusta verla incluso como un motor que nos impulsa al cambio, a la transformación y a la orientación de nuestras acciones hacia nuestros deseos. Una pareja que no funciona, un trabajo que no nos satisface, una situación que ya no podemos sostener más, cualquier tipo de abuso… todo cambia con un “¡Basta ya!”. El problema viene cuando no nos atrevemos a decir estas palabras, cuando nos falta valor para expresar nuestras necesidades, deseos y sentimientos. Entonces, empezamos a tragar y tragar, y acumulamos ira como si de una olla a presión se tratara… Y aquí pueden suceder dos cosas: en el mejor de los casos, que nos venga de repente una explosión de rabia y salga todo de golpe para afuera a la mínima (pobre de aquel al que le pille, que igual es el panadero que te dio una barra demasiado tostada); en el peor, que la cosa desemboque en una depresión, y de repente nos sentimos totalmente apagados, consumidos, sin tener ni la más remota idea de qué es lo que nos pasa ni de por qué estamos tan tristes (amigo… no estás triste, estás rabioso y tienes miedo de expresarlo). Dime qué es lo que te pone triste, qué te deja sensación de vacío, y te diré con quién y por qué estás enfadado. Aquí a veces aparece también la culpa, que suele ser un enfado redirigido (dime por qué te sientes culpable y te diré con quién estás enfadada).

Volviendo al ejemplo anterior, podemos también observar que en familias en las que abundan las depresiones suele haber mucha necesidad de expresar lo que ha molestado (ahora o en el pasado), el límite que no se ha respetado, la necesidad que se ha ignorado o el afecto que se ha negado, provocando, a la larga, una inmensa ira reprimida.

¿Ponemos esencias?

Ya sabéis que me gusta ponerle esencias florales a todo… en este caso, obviamente, hablamos de episodios Mustard, Gentian y Borage (tristeza) que tapan estados Holly – Willow (rabia, resentimiento). Y, claro está, también a la inversa.

En mi caso, por ejemplo, cuando siento cualquiera de estas dos emociones, intento observar y darme cuenta de si es esto realmente lo que estoy sintiendo o hay algo más detrás. A veces sí, a veces no, a veces la cosa es que hay un poquito de cada una. Una esencia que me ayuda mucho es Scarlet Monkeyflower, que equilibra el miedo a sentir emociones intensas, especialmente la ira. Me gusta visualizar esta esencia como la válvula de una olla a presión, ya que facilita la expresión controlada de la rabia, previniendo explosiones por acumulación. Cuando la tomo, y esta es mi experiencia personal (que no tiene por qué ser la de otros), me siento unos días algo irascible, que hasta la cosita más pequeña me molesta y a la vez me duele, y me pongo protestona, entremezclándose los sentimientos de enfado y tristeza, porque me salen los dos a la vez. Pero poco a poco, si sostengo la toma de la esencia, voy consiguiendo discernir cuál es la emoción predominante, cuál es la causa, y siento como se va soltando poco a poco la tensión que me provocan, hasta que llega el día que me dan ganas de reír.

Y es que, como decía Bach (no respeto la literalidad), debemos estar agradecidos a la Naturaleza, que, en su inmensa sabiduría y amor, puso las plantas en los campos para nuestra sanación.

 

Hari Om Tat Sat,
Irene.

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4 Comments

  1. Me ha gustado mucho, estoy de acuerdo contigo, a veces estamos confundidos y mezclamos los sentimientos. Necesitamos mirar hacia dentro y aprender a gestionar.

    Victoria
    1. Eso es, si de algo me he dado cuenta últimamente es que en el colegio se nos enseñan muchas cosas, pero de gestión emocional no se dice nada, y estamos muy perdidos. Todo es parte de un proceso de aprendizaje, hay que ponerse al lío.
      ¡Un abrazo Victoria!

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