Cuando todo se vuelve complicado…

… lo mejor, a veces, es parar

Hoy amanezco pensando en esas temporadas que todos hemos vivido alguna vez en las que parece que todo se vuelve complicado. Situaciones emocionalmente complejas, ambiente profesional o doméstico extraño, enrarecido, proyectos que no salen como nos gustaría, problemas inesperados de salud, ese examen del carnet de conducir que se atraganta… podríamos poner un montón de ejemplos en los que seguro que todos nos hemos visto.

Entonces, nos vemos en la necesidad de poner a funcionar todos esos recursos que tenemos (internos y externos) para tratar de salvar el chaparrón, porque parece que nos vemos en la obligación de hacer y seguir haciendo hasta que todo vuelva a su supuesto cauce. Pero a veces nos olvidamos de una de las claves más importantes: parar, tomar un respiro y dejar que las cosas sigan su curso natural. Como si en una sesión de yoga nos olvidáramos de savasana, o del equilibrio entre actividad y descanso. En la vida sucede exactamente lo mismo.

En términos de esencias florales, podemos hablar, por ejemplo, de los perfiles perfeccionistas Elm, Oak y Rock Water, que se saturan hasta el punto de llegar casi a romperse; hablamos del entusiasta Vervain, que, no conforme con obstinarse él solito, pretende arrastrar a los demás en su afán; o del “lo quiero para ayer” Impatiens, al que el más mínimo retraso le irrita; del criticón Beech, que tiene siempre la mejor forma de hacerlo todo; de Centaury, que se hace más cargo de lo de los demás que de lo propio, no sea que que le dejen de querer; de Chicory, que da y da y da para luego pasar la factura y exigir contraprestación; de Vine, que viviría más feliz en los tiempos de esclavitud, para ejercer aún mejor su papel de tirano… En fin, podríamos hablar de casi todos.

Volvemos al tema, nos vemos entonces en una situación en la que las cosas, por H o por B, no son como nos gustarían, y entonces pretendemos ponernos manos a la obra para cambiarlas, y acabamos en una pelea extenuante entre nuestra realidad y nuestras expectativas. Y yo me pregunto ¿qué pasa si paramos? Y es que a veces necesitamos retornar a un punto de quietud desde el que podamos observar, tomarnos un respiro para coger perspectiva, o incluso cambiar el enfoque. Porque en ocasiones, estamos tan obcecados en querer controlarlo todo (si esto te resuena y te ves ahí, en el hacer, pregúntate por qué tienes tanto miedo de perder el control y qué pasaría si lo sueltas) que nos olvidamos de darnos cuenta de lo que sentimos. Realmente, eso que persigues y no obtienes, eso que no sale, eso que te parece tan complicado… ¿es lo que quieres? Porque igual es eso, que te resulta difícil porque no es lo tuyo. ¿Qué te dicen las tripas, te has parado a escucharlas?

Soy consciente de que no siempre es fácil hacer esto de parar, todos tenemos nuestras obligaciones del día a día, necesitamos (¿?) nuestro trabajo, tenemos que hacernos cargo de nuestros hijos, de nuestros compañeros animales, de las facturas que tenemos que pagar… Y no es tan simple como hacer el petate y escaparse un tiempo a dar la vuelta al mundo, a ver si así nos aclaramos (ya te lo adelanto: error… tu movida se va contigo en la mochila, e incluso puede que a tu vuelta sea aún más gorda). Pero sí que estaréis de acuerdo conmigo en que también hacemos muchas cosas a lo largo del día que nos alejan de nosotros, y nos quedamos enganchados a la tele o en discusiones sin fundamento, o qué sé yo… venga, seguro que podemos sacar un rato para desconectar y reconectar de otra manera.

Mi propuesta entonces es la siguiente: búscate 10 minutos al día para estar en un espacio tranquilo (en casa, en el parque, caminando por la calle cuando sales del trabajo, de paseo con tus perros…), olvídate del móvil, llénate de silencio -bendito tesoro- y obsérvate. Date cuenta de cómo respiras, de qué se te pasa por la cabeza, y, sobre todo, de cómo estás y qué necesitas. Date cuenta de lo que quieres, escúchate, siéntete. Y no tengas miedo, ni vergüenza, ni culpa, por lo que salga durante esos 10 minutos, que son tuyos, y no tienes que darle explicaciones a nadie. Al contrario, alégrate por permitirte oír tu voz, hazte ese regalo. Sé lo más sincero que puedas, porque, de lo contrario, no engañas a nadie más que a ti mismo. Después, si quieres, sigues con tu vida tal cual, o si quieres, te pones manos a la obra y te haces caso. Seguro que, aunque a veces te parezca que tus necesidades profundas son diametralmente opuestas a tus circunstancias, encuentras la manera de combinarlas, de adaptarlas, y de encontrar ese punto de equilibrio que siempre existe en todas las cosas.

Y es que en estos meses me he dado mucha cuenta de la importancia del silencio, que cuanto más lo practicas, más lo necesitas y agradeces. No me refiero sólo a no hablar, sino también a no leer, no escribir, no escuchar música… y sobre todo, no hacer (ojo, no hablo de apatía ni de desidia, sino de parar y tomar conciencia). Es el silencio el que nos coloca en el presente, y el que nos permite ser honestos con nosotros mismos, porque hasta que no nos escuchamos no sabemos si nuestros deseos y necesidades son coherentes con nuestras palabras y acciones. Después, lo mejor de todo, la gratitud, que no es otra cosa que estar en armonía con la vida. Es el silencio lo que alimenta el corazón, cultívalo.

 

Hari Om Tat Sat,
Om Shanti, Shanti, Shanti

Irene.

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4 Comments

  1. Creo que merece la pena empezar a aplicar esos diez minutos al día.
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    Lo pongo en práctica desde hoy
    Gracias por tu paz y tus reflexiones maestra

    Emiliano Ruiz

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