¿Quién dijo miedo?

Entre luces y sombras

Si alguna vez os habéis pasado por el apartado “Sobre mí” o si ya me conocéis en persona, probablemente sabréis que trabajo desde hace bastante tiempo en una entidad financiera (trabajo que, aprovecho para contarlo, estoy a puntito de dejar). Es curioso esto, empiezas la carrera, luego encuentras trabajo, vas cumpliendo objetivos y cuando te das cuenta, estás metido (¿atrapado?) en algo que te gustaba pero que ya no te llena, que te motivaba pero ya no es lo tuyo, y, de repente, te preguntas ¿qué ha pasado? Entonces, te das cuenta de que quien empezó esa carrera, ese trabajo, esa vida, no eras tú sino una parte de ti que, sin comerlo ni beberlo, llevas enganchada como una garrapata y que se hace llamar tu sombra. Y te das cuenta también de que llevas toda la vida creando ese personaje que, o así lo piensas, dejará satisfechas a todas las personas que te importan, cumpliendo sus expectativas, intentando ser una buena pieza del puzzle familiar y social del que formas parte y, claro está, en el que quieres encajar. Y entonces empiezas a mirar hacia adentro, y empiezas a ver que esa pieza en la que te has convertido tiene muy poco que ver contigo en realidad, pero claro, quizá lo que sí eres no tiene cabida en el grupo en el que estás. Delicado aprieto el del niño que, por no disgustar a sus padres y arriesgarse a sentir su rechazo, se ve obligado a enmascararse… cuestión básica de supervivencia.

En mi caso, ahora que estoy suspendida en una especie de limbo profesional, la cosa fue surgiendo de una forma casi mágica. Qué caprichosa es la vida, cómo nos lleva donde quiere. Una crisis personal importante hace un tiempo derivó en la adopción de un perro que parece que llegó a mí para colocarme delante un espejo enorme en el que verme. Ahora entiendo que la gata que ya vivía conmigo fue una de las claves de todo este proceso, dándome el soporte, el valor y la templanza que iba a necesitar en todo este embrollo. Pero fue él el que me puso en contacto con todo eso que tenía que sacar de dentro, con todo eso que no era realmente yo y que teníamos que ir dejando fuera juntos. Fue ahí que comencé un intenso trabajo de autoconocimiento de la mano de Marivi Simona y mis queridos compañeros animales (porque cuando por fin conseguí gestionar el espejo de mi perro, llegó a mi vida otro gato con otro espejo aún más grande que el primero para seguir trabajando lo que me toca ahora), fue ahí que empecé a formarme como terapeuta floral (casi sin saberlo) y fue ahí que comencé a ver y tratar de desprenderme de mis máscaras. Fue ahí que llegó también a mi vida el yoga, y diré que todo este proceso ha servido en última instancia para comenzar a abrir un corazón que se había congelado y cerrado casi por completo.

Han pasado ya casi cinco años de todo aquéllo, y en todo este tiempo, el trabajo para desprenderme de todos esos condicionantes está siendo intenso (y lo que te rondaré, morena). Ahora siento que he subido sólo el primer peldaño de esta escalera que es la vida, y que precisamente su objetivo, si es que tiene alguno, es esta apertura del corazón de la que hablo. De nada sirve el Yoga, ni el Reiki, ni las esencias florales, ni cualquier terapia o ejercicio de crecimiento personal si seguimos encerrados en los mismos patrones de siempre, cargados de miedo a amar y a soltar. Si algo aprendo de los animales es que hay que vivir en presente, y hacer esto significa tener un corazón grande y liberado, dispuesto a entregarse a todos los seres con los que compartimos este plano de existencia. Aquí entonces no cabe el miedo, que es un producto de esta sensación de fragmentación con la que vivimos. Me vienen a la mente justo ahora los 7 pasos de la curación del Dr. Bach: Paz, Esperanza, Alegría, Fe, Certeza, Sabiduría, Amor. La Paz interior que supone la calma, la templanza, el sosiego. La Esperanza en que la curación es posible. La Alegría que nos supone tomar conciencia de todo ello, y que se manifiesta en la alegría de vivir. La Fe que nos ayuda a seguir adelante con nuestra búsqueda. La Certeza de que hay algo más grande a lo que estamos destinados a volver, y que es lo mismo para todos. La Sabiduría, que va más allá del conocimiento intelectual, porque se basa en la experiencia y en la comprensión profundas. Y por fin, el Amor, que no es sino un estado de conciencia plena, de compasión hacia todo lo que nos rodea, un sentimiento de unidad absoluta, de reconexión.

Ahora siento que verdaderamente ha llegado el fin de un ciclo y estoy en las puertas de otro nuevo. Un ciclo que termina y que estuvo dominado por los aspectos masculinos de mí misma: el hacer, el lograr, el competir, el desarrollo de una carrera, el materialismo, el moverme desde una necesidad de eficiencia, de deber, de seguridad, de reconocimiento, de brillo. Y ahora esto se acaba, y va tomando cuerpo y apoderándose de mí esa parte de mi sombra que ya va saliendo a la luz, esa parte femenina que había quedado olvidada en lo más recóndito de mi existencia: el sentir, el cuidado y la nutrición, el acompañar, la creatividad, la inspiración, la intuición, la dulzura, la cooperación, la improvisación, el compartir… el amar. El cambio es importante, y creo que por eso ha sido tan evidente la ruptura que llevo un tiempo sintiendo dentro. Darte cuenta y desmontar la máscara que llevas puesta no es fácil, y no digo que sea yo una persona especialmente valiente, pero apartar el miedo y seguir adelante hacia el reencuentro conmigo misma se convierte ya en una necesidad que no puede ser ignorada por más tiempo.

Y me encuentro con gente que no entiende lo que hago, y que no lo comparte, y que sigue cuestionando mi decisión, queriendo saber si estoy segura, si quiero dejar un buen trabajo que me da “una buena vida”, una vida teóricamente fácil y estable. Y entonces me pregunto qué nos está pasando, por qué tenemos tanto miedo como para negarnos, por qué es tan importante esa sensación de seguridad y de estabilidad que es falsa, porque todo cambia, todo se transforma constantemente. Por qué nos aferramos con tanto apego a un personaje que no somos nosotros, pero que, al fin y al cabo, es el que conocemos y al que se acepta. Por qué cuesta tanto mirar hacia adentro, sentir y tener valor para abrazar lo que somos y lo que hay.

No soy amiga de los consejos genéricos del tipo “persigue tus sueños caiga quien caiga” y “lánzate a lo loco a ser feliz”, porque, sinceramente, creo que cada persona es un mundo y tiene sus circunstancias. Pero sí me quedaré con dos frases muy conocidas y de fuentes muy diferentes: el “Conócete a ti mismo” del templo de Apolo en Delfos, que me parece clave en cualquier proceso de apertura del corazón, que es la finalidad del desarrollo personal; y el título de una canción de Extremoduro, “Ama, Ama, Ama y ensancha el alma”, cuya letra me gusta mucho y que aquí os dejo:

Quisiera que mi voz fuera tan fuerte
que a veces retumbaran las montañas
y escucharais las mentes social-adormecidas
las palabras de amor de mi garganta.

Abrid los brazos, la mente y repartíos
que sólo os enseñaron el odio y la avaricia
y yo quiero que todos como hermanos
repartamos amores, lágrimas y sonrisas.

De pequeño me impusieron las costumbres
me educaron para hombre adinerado
pero ahora prefiero ser un indio
que un importante abogado.

Hay que dejar el camino social alquitranado
porque en él se nos quedan pegadas las pezuñas
hay que volar libre al sol y al viento
repartiendo el amor que tengas dentro.
Ama, ama, ama y ensancha el alma.

Hari Om Tat Sat,
Om Shanti, Shanti, Shanti.

Irene.

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6 Comments

  1. Que buen post Compañera, me encantó, me he visto en tí en momentos y en el final, yo también soy fan de muchos buenos temas del Robe. Besote y adelante !!

    Alfonso

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