El encuentro con la sombra en el cambio de estación.

Una cosa a la que presto mucha atención últimamente es cómo afectan los cambios estacionales a los ritmos y sentires del cuerpo. El otoño es esa época del año en la que tenemos que terminar de soltar lo cosechado en verano y comenzar a guardar energías, preparándonos para el invierno. A la energía de Fuego veraniega le siguió la Tierra, y por estas fechas ya estamos de lleno en el Metal, una energía que nos ha ido enfriando, y que emocionalmente nos deja algo más tristes y algo más apagados, y por ello más recogidos. Y después, el Agua del invierno, tras lo que llegará la expansiva Madera primaveral. Éste es el ritmo natural del cuerpo, y en estas fechas pre-invernales se hacen necesarios el descanso, la acumulación de energía y la alimentación nutritiva y restauradora del calor corporal. 

Pero no siempre respetamos estos ritmos, y entonces vienen los resfriados y las gripes. En mi caso, por ejemplo, un otoño cargado de actividades, tareas y cosas que hacer (es decir, un otoño hacia afuera en lugar de hacia adentro), sumado a la falta de una alimentación adecuada (suelo comer frío y demasiado crudo), se ha saldado en un resfriado “potente” que me está dejando hecha un trapo, tanto a nivel físico como emocional. Entonces, es cuando te preguntas por los motivos profundos de esta actitud, de los porqués y paraqués de tanta actividad, de tanto nivel de sobreesfuerzo, de tanta evasión ante lo propio.

Y es entonces que, gracias al Yoga y al cultivo de la mirada interior que desarrollamos en todo proceso terapéutico, te das cuenta de las respuestas a estas preguntas que planteo. Sin duda, un retiro de Yoga como el que hemos hecho este fin de semana en Gangadhara es un momento ideal para elaborar esta mirada interior. Dedicar dos días al 100% a tu práctica es algo que todos deberíamos hacer de vez en cuando, porque es ahí, si estás atento, donde se aparecen tus fantasmas. Es ahí donde te das cuenta del grado de compromiso que tienes con tu práctica a todos los niveles. Es ahí donde te das cuenta de la capacidad y de la calidad de tu convivencia con los demás, pero sobre todo contigo mismo. A veces puede hacerse duro, y mucha gente pregunta aterrada por cosas como si puede llevar el móvil o si el tiempo de silencio que se propone es obligatorio. ¿Qué nos pasa que no somos capaces de estar con nosotros mismos, mirando simplemente hacia adentro, recogidos? ¿Qué hay dentro de nosotros que tanto nos asusta? ¿Por qué huimos unos de la compañía del otro y otros de la compañía propia? ¿Por qué huimos y negamos esas emociones que nos surgen y que no queremos ver? ¿Por qué nos falta valor? O mejor aún, ¿por qué lo necesitamos?

Y es entonces, a la vuelta, donde podemos aprovechar lo vivido, lo sentido, para elaborarlo en un proceso terapéutico. Y es entonces donde cobra más sentido que nunca el apoyo floral que proponemos desde la TFI. Porque un retiro de Yoga dura un tiempo limitado, un fin de semana, unos pocos días, y, aunque la práctica debería ser constante y diaria, siendo realistas, pocas personas tenemos la oportunidad de recogernos de esta manera tan intensa cuando tenemos que compaginar el Yoga con nuestras obligaciones diarias. Hoy en día vivimos más hacia afuera que hacia adentro, eso es un hecho. Pero tampoco podemos obviar lo experimentado y olvidarnos de ello sin trabajarlo ni elaborarlo, y por eso me parece tan positiva la contribución al Yoga de la Terapia Floral, porque ésta ayuda a gestionar toda esa parte de nuestra sombra a la que gracias al Yoga vamos dando luz.

Hoy no hablaré de pranayama, ni de ningún asana, ni de esencias florales concretas. Hoy hablo, simplemente, del cultivo del compromiso con la práctica, del compromiso con nosotros mismos, de cuidarnos, sí, pero de esforzarnos también. De protegernos, pero a la vez de enfrentarnos; del valor para entrar a mirar y de las tripas para digerir lo que hay allí para ver. Hablo de miedo y de negación, y hablo quizá también de rabia, pero sobre todo hablo de valentía y de amor, amor a la práctica, amor a nosotros mismos y amor también al otro. Hablo de abhyasa, de la práctica constante, pero ojo, hablo también de vairagya, del desapego: practico con tesón para ver qué sale de dentro y después me lo traigo para aprender a soltarlo, para comprenderlo y trascenderlo.

¿Cambio de estación? Yoga.

Hari Om Tat Sat.

Irene.

 

 

 

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