¿Y si te permites parar?

Últimamente pienso mucho en el ritmo que llevamos. Estamos acelerados, sobrecargados, hartos. Preguntas a alguien como está, y la mayoría de las veces te dice algo así como “cansada”, “a tope”, “corriendo a todas partes para llegar a todo” y cosas por el estilo. Claro, que seguramente esto es lo que me llega porque yo estoy así, y la ley del espejo funciona siempre. Atraes aquello con lo que resuenas. Ves fuera lo que tienes dentro. Todo eso.

Me sorprende también en clase de yoga. Parece que nos cuesta dejarnos ser, parece que siempre hay que estar haciendo algo. Propones un par de minutos en silencio, respirando, sin más, y en muchos alumnos se percibe la inquietud. Personas que tienen dificultad incluso para cerrar los ojos. Cada vez más, a nivel colectivo, nos gustan más los estilos de yoga muy dinámicos, o con calor, o lo que sea que nos haga movernos y sudar (ahí están los “power”, los “hot”, los “dinámic”, etc etc)… como si no tuviéramos bastante ya con lo que tenemos, como si necesitáramos más aceleración.

Y yo me pregunto, ¿por qué? Y me doy cuenta que es cuando estamos parados que vemos nuestros fantasmas. No hay lugar para sentir los dolores si no nos tomamos un tiempo de parada. Simplemente, la mente frenética monopoliza el espacio que debería compartir con el corazón (cada cosa a su tiempo). No dejamos lugar a que se manifiesten nuestras emociones, ni hacia afuera, ni mucho menos hacia adentro. Hablando mal y pronto, no dejamos espacio a que salga nuestra mierda, porque preferimos no verla. Porque escuece. Vaya si escuece.

Es en los momentos de silencio cuando salen nuestros miedos, nuestras inquietudes, nuestras dudas. Es la parada la que nos permite observar y sentir. El otro día, hablando con un alumno sobre el zazen y la incapacidad de la mayoría de los dojos para generar ingresos con los que sostenerse, un alumno me dijo “a nadie le gusta ya sentarse, sin más” (refiriéndose a sentarse a meditar). Cuánta razón. Todo esto me sugiere que, salvo excepciones, somos magos de la evitación. Creemos que, por no mirar nuestros conflictos internos, éstos van a desaparecer. El famoso “ojos que no ven, corazón que no siente”. Qué gran mentira. Es todo lo contrario: sufrirás, pero además la cosa se agravará porque no sabrás ni cómo ni por qué. Sufrirás autosabotajes y zancadillas constantes, zancadillas que te pones tú mismo, sin saberlo. Y tendrás una sensación de incompletitud, de infelicidad, de hastío con la vida que ni te olerás de donde viene. Victimismo puro y duro. Pero claro, ahí está el power yoga* para ayudarte a no pensar en ello, como el que se agarra a la botella. Si ya de paso consigues un cuerpo bonito… para qué queremos más. Bien trabajado por fuera, pero por dentro, ¿qué?

Con esto no quiero decir que una práctica dinámica sea siempre evitativa ni una práctica más suave sea más “consciente” en cualquier circunstancia. Puedes usar como escape cualquiera de las dos, y puedes usar como vía de crecimiento cualquiera de las dos. Lo que digo es que estamos hiper-revolucionados, y la proliferación de este tipo de estilos y prácticas es la prueba de ello, porque atraemos lo que llevamos dentro. Si no soy capaz de parar, porque en realidad no quiero parar, voy a buscar una actividad que me ofrezca justamente esto. Voilá.

Y entonces, ¿qué? Lo primero, aprender a ralentizar. Si te cuesta, pregúntate por qué. ¿Qué sucede cuando paras? ¿Qué sientes? Me atrevería a decir que una buena parte de las personas que me están leyendo dirán “culpa”, la maldita autoexigencia y la autocrítica. ¿Qué excusas te pones para no parar? ¿”No puedo parar, no tengo tiempo y no llego a todo”? ¿Seguro? Pero, ¿qué es ese todo al que “tienes” que llegar sino algo autoimpuesto? Se nos ha educado en la productividad extrema. Si descansas, eres poco menos que un holgazán. Por eso hay que estar siempre activo, siempre consumiendo, siempre comprando, comiendo, haciendo mil cosas a la vez. Lo que sea, pero no te pares, no pienses, no sientas. Keep going. The show must go on. ¿En serio? No se trata de echar balones fuera, la sociedad eres tú, soy yo. Revisa tus niveles de exigencia, revisa qué consigues con ellos y adónde te llevan. ¿De qué tienes miedo? ¿Qué pasa si no eres perfecta y no lo haces todo bien?

Lo segundo, observarte. ¿Qué surge de ahí, del silencio, de la quietud? ¿Qué emociones, qué sentimientos? ¿Aparece liberación? ¿Nerviosismo? ¿Tristeza? ¿Calma? ¿Rabia? Quédate con ello, no lo rechaces. Tenemos cierta tendencia a pretender estar siempre bien, “emociones negativas” vs “emociones positivas”, rechazo y apego, y eso es lo que se nos vende (nos vendemos). ¿Y qué pasa si te quedas con lo que sale sin opinar, sin manipular, sin pretender que sea de otra manera diferente? Estás alegre, bien. Estás triste, bien también. ¿Hay que cambiarlo? No. ¿No es esto liberador? ¿Qué tiene de malo estar triste, o sentir rabia, o miedo? Piérdele miedo a sentir emociones difíciles o incómodas, porque es esto lo que te ayuda a relajarte y a crecer, a ser más ecuánime y estar en paz con lo que hay, con lo que es. No luches contra ello. Reconócelo, y si hay algo que cambiar no es la emoción en sí, sino tu manera de ver y afrontar la vida. No te empeñes en no sentir este tipo de emociones, porque ya te voy adelantando que es imposible. Yin-Yang. No te preocupes, ya has dado el primer paso, todo llega.

Para resumir, sólo decirte (y decirme) que quizá haya llegado el momento de tomarse la vida con más calma, y aprender que es posible (y más sano) hacerlo. Retiro el quizá. Si no llegas a todo, prioriza. Revisa el tiempo que pierdes en cosas estériles, que en realidad no te nutren, y trata de reducirlo. Si no puedes porque las obligaciones son realmente ineludibles, cultiva hábitos que te hagan sonreír, aunque les dediques 10 minutos al día, o a la semana.  Quizá tengas que levantarte un pelín más temprano para tomarte el café tranquilamente en lugar de hacerlo de un trago. Quizá puedas sacar 5 minutos para meditar. Quizá puedas quitar a tus hijos alguna actividad extraescolar e invertir ese tiempo en preparar la cena con ellos, o en leerles un cuento. Quizá puedas ir un día menos al gimnasio y salir a pasear por el parque de una forma más relajada con tu perro (va a ser más saludable y enriquecedor que ir estresado a hacer pesas o cardio). Quizá puedas dedicar unos minutos a escribir un diario. Quizá puedas utilizar el viaje al trabajo en metro para cerrar los ojos un instante, respirar, y darte cuenta de cómo estás, en lugar de meterte en instagram.

Quizá puedas hacer muchas menos cosas de las que haces sin que se caiga el mundo.

 

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* Pongo el power yoga a modo de ejemplo, no a modo de crítica, por ilustrar lo que digo. Creo que cualquier práctica, incluida el hatha-yoga, se puede usar como evasión. O la cocina, o la lectura. Me entendéis.

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