¿Cuándo fue la última vez que te dejaste cobijar en un bosque? ¿Y que te bañaste en un río? ¿Y cuándo viste el último amanecer o puesta de sol? ¿Cuándo fue la última vez que miraste las estrellas?

Día 12 de octubre, viernes, festivo en España. Por la mañana tuvimos otro de esos intercambios de Reiki que organizamos en Loto Verde y de los que salgo con la energía renovada. Por la tarde me fui con mi pareja a dar una vuelta y hacer unas compras por el centro de Madrid. Hacía (mucho) tiempo que no iba de compras, y también hacía (mucho) tiempo que no lo hacía en Gran Vía – Fuencarral. Soy madrileña, así que las aglomeraciones no me sorprenden, pero últimamente intento evitarlas, porque cada vez me siento menos cómoda en ellas. Y esta vez no fue diferente, fue una especie de sentimiento de haberme (habernos) convertido en poco menos que otro Walking-Dead, diluida en algo así como una amalgama de gente que te dice por dónde y a qué ritmo caminar. Esta vez no sentí agobio, sentí pena.

Así que el sábado decidimos pasar lo que quedaba de fin de semana en la sierra. Paseo para arriba, paseo para abajo, disfrutando de los tímidos rayos de sol que se dejaban ver entre las nubes. Un baño de naturaleza que necesitaba urgente y enormemente. Por la noche, después de cenar, salimos a dar una última vuelta (mi perro, el pobre, no está acostumbrado a casas con jardín, así que no suele hacer sus necesidades dentro de la parcela y hay que acompañarle a la calle) y fue ahí cuando algo dentro de mí hizo «clic». La calle estaba bastante oscura, aunque había algunas farolas y se veía a lo lejos una cierta claridad por la iluminación de El Escorial. Pero, en cualquier caso, se podía disfrutar del cielo estrellado. Así que, al volver a casa, nos quedamos los tres un ratito en el jardín dándonos un baño de estrellas, a pesar del frío. Me sentí diminuta, una parte microscópica de un misterio infinitamente profundo como son el universo y la vida. De repente, me vino a la cabeza que ni siquiera recordaba la última vez que había disfrutado de un espectáculo como ése, la última vez que había observado el cielo por la noche. ¿Cómo era posible? Claro, en Madrid hay demasiada luz, y ya casi no se ven las estrellas. Entonces, me afloró por un instante un intenso sentimiento de desconexión y tristeza, como si me hubiera apartado voluntaria y casi inconscientemente de mis raíces, de mi propia naturaleza.

Y entonces me di cuenta que de nada sirven la meditación, el yoga o cualquier otra disciplina con la que pretendemos conectarnos y reencontrarnos si ni siquiera nos permitimos unos momentos de contacto con la naturaleza. Y me acordé de los baños de bosque de mi querida Anais y de las ganas que tengo de apuntarme a alguno, y de aquélla vez que alguien me dijo que iba a acabar viviendo en el campo rodeada de perros y gatos y yo me eché a reír por considerarla una idea absurda (porque «a mí me gusta mucho Madrid»), y de las veces que he dado gracias a mis compañeros animales (mi perro y mis dos gatos) por ser el único vínculo que tengo en la ciudad con esa parte más salvaje y auténtica de mí misma y el recordatorio de que tengo que volver a conectar con ella si pretendo vivir con un corazón grande, fuerte y abierto. Me acordé de la importancia de mirar el cielo estrellado, o la magnificencia de una montaña, o de un árbol fuerte y robusto, o una puesta de sol, o la luna llena, o un río, o el mar, o tantas otras cosas que nos ofrece la naturaleza, para darnos cuenta de que somos una mínima parte de este tremendo engranaje que es la vida, y soltar así buena parte de nuestra importancia personal y nuestro mal construido ego, creyéndonos el ombligo del mundo y pensando que nuestra propia visión de las cosas es el fiel y único reflejo de la realidad, cuando, por el contrario, es una imagen pobre e incompleta que nos creamos para sentirnos seguros y seguir tan cerrados, ofuscados y defendidos como siempre.

Me acordé también de la cantidad de veces que he practicado yoga con el ansia de mantener la postura perfecta, impecablemente construida y alineada y, peor aún, la cantidad de veces que me he comparado con los demás y luego me he negado haber hecho todo esto. Y entonces me di cuenta, no al nivel intelectual-racional al que estoy acostumbrada a pensar en ello, sino de un modo vivencial, integrado, como si de repente eso (Eso) se expresara a través de mí, de que el verdadero objetivo del yoga no es la postura, ni es ni siquiera alcanzar un estado meditativo, un Samadhi digno del más avanzado de los yoguis, sino que es abrir el corazón, volver a conectarnos con eso de lo que nos hemos desconectado, que no es algo ambiguo ni abstracto o etéreo, sino que es tan sencillo como sentirnos hermanados con los bosques, con el cielo, con los animales, con las plantas, con las personas y con cualquier otra forma de vida. El verdadero Yoga (y el objetivo de cualquier otra forma de crecimiento personal) es desarrollar la compasión y el amor profundos, y para ello me parece imprescindible recuperar el contacto habitual con la naturaleza, un contacto auténtico, íntimo y silencioso.

 

Hari Om Tat Sat.
Om Shanti, Shanti Shanti.

Irene.

 

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4 Comments

  1. Totalmente de acuerdo contigo. No somos capaces de apreciar la naturaleza, salvo para presumir de los sitios que conocemos. Tenemos que abrir más el corazón y aprender a formar parte de lo que debería ser nuestra vida

    Avatar Victoria

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