Hoy hace un año que fui mamá por primera vez. Un año lleno de aprendizajes, de altibajos, de luces y sombras. Si eres madre, sabrás de lo que te hablo. Y si no, seguro que esta parte ya te la han contado.

Una de las cosas que más me ha costado es hacerme a la idea de que mi tiempo ya no es del todo para mí, lo mismo que mi cuerpo, que ahora es también alimento, consuelo y refugio.

Que un pequeñín me necesita tanto como me necesito yo a mí misma.

Me considero una persona muy independiente, siempre he ido mucho a mi bola, así que tener ahí una personita que me demanda 24/7 no es cosa fácil.

Y entonces vienen las renuncias. Yo, que practiqué yoga hasta el día antes del parto, y que lo hacia casi a diario, ahora me encuentro con que hace un año que no me dedico una clase como dios manda. Que doy gracias si puedo sentarme 10 minutos a meditar sin ser reclamada. Y a veces lo llevo bien, pero muchas otras veces no tanto 😅
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Pero, ¿sabes qué? Que me doy cuenta de que el camino ahora es otro. Que el yoga también habla de aceptación, de amor y de entrega. Y sí, a veces la entrega es de una misma. Y no pasa nada. Quizá ahora mi yoga es de esta forma, porque, al fin y al cabo, Yoga es unión, y ¿qué mayor unión existe que la de un bebé y su madre?

Esta soy yo y esta es mi realidad aquí y ahora. Aceptación. Elijo estar en paz con esto.

Pero ojo, que no todo en la maternidad es idílico, a veces necesitamos un descanso, y tampoco pasa nada cuando no podemos con todo, que no somos superwoman. Así que sí, también he recurrido a la guarde para darme un respiro. Y a veces esas horas de descanso, lo reconozco, se quedan cortas, por mucho amor que haya. Porque, igual que tú, seas madre o no lo seas, soy humana, y a veces necesito aire. Así es la vida.

Dicho esto, tengo que dejar de escribir, mi peque llora 😅😅

Me encantaría saber cómo te afectó la maternidad en tu práctica y en tu día a día. ¿Me lo cuentas?

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