Impotencia, frustración… y sentimientos parásitos

A veces las cosas no son como esperábamos. A veces nos montamos películas, nos hacemos ilusiones, nos creamos expectativas que, más adelante, resulta que no se cumplen. A veces no sabemos explicar qué pasa ni qué nos pasa con eso que no sale, por más que lo intentemos. Y nos sentimos tristes, decepcionados, frustrados e impotentes. La misma dificultad una y otra vez. El mismo atasco. Impotencia, frustración, desesperanza, apatía.

Podría entonces hablar aquí de la resiliencia, la capacidad que tenemos de sobreponernos y seguir adelante. Podría hablar de la importancia de aceptar las cosas como son, y de cambiar de camino si el que estamos tomando resulta estar lleno de piedras. Podría hablar de fluir, al más puro estilo Nueva Era. Pero también puedo hablar de permitirnos sentir la rabia, la impotencia, la tristeza y la frustración. También podemos, ¿por qué no?, reconocer y admitir estos sentimientos, estas emociones, y no juzgarnos ni acusarnos por tenerlas ni sentirlas. Podemos hablar de no culpar a otros de lo que (nos) pasa, echando balones fuera, pero tampoco culparnos a nosotros por no ser capaces de hacer que las cosas salgan como queramos, o por no ser capaces de soltar esta rabia, esta pena.

Lo bonito de esto es que las emociones, si nos permitimos sentirlas, duran apenas unos minutos, después van perdiendo fuerza hasta que se desvanecen. Ya hablé en su día de la función de las emociones, y es que, si tratamos de reprimirlas o transformarlas, se enquistan. No pasa nada por estar rabioso, o triste, o cansado. No pasa nada si lo admitimos, lo sentimos, y actuamos en consecuencia. Las emociones son el faro que nos va dando pistas sobre el camino a seguir y las decisiones que tomar. Reconocer y sentir las emociones nos ayuda a identificar y expresar nuestras necesidades. O, al menos, a ser conscientes de ellas.

El problema aparece cuando, por querer evitar sentir una emoción (normalmente una emoción que en nuestra familia se ha “castigado” o reprimido al más puro estilo “emoción tabú”), la enmascaramos con otra. Aparecen aquí los sentimientos parásitos, que son esos sentimientos que no son auténticos, sino que vienen a ocupar el lugar del “sentimiento prohibido”. Pongamos un ejemplo. Si cuando era pequeño no se me permitió sentir miedo (“hay que ser valiente”, “no te comportes como una niña”, “las niñas grandes no se asustan”, etc.) yo, cada vez que lo sentía, evitaba su expresión, no fuera a ser que papá y mamá me dejaran de querer, por cobarde. ¿Entonces qué hacía? Pues que, cada vez que sentía miedo, me ponía agresivo, porque de esta manera papá y mamá veían lo fuerte y lo mayor, lo adulto que era. Tenemos aquí un sentimiento parásito, la rabia, encubriendo el sentimiento auténtico, el miedo. La pega de este comportamiento, que no deja de ser otro mecanismo de defensa, es que eso se nos queda como un mal hábito, normalmente inconsciente, hasta que nos atrevemos a mirar qué está pasando. 

La importancia de esto es preguntarse, ¿qué siento en realidad? ¿Puedo permitirme, ahora como adulta, reconocer y expresar verdaderamente lo que me pasa, sin trucos, con honestidad? Y mejor todavía, ¿puedo darme cuenta de qué necesito realmente y cómo pedirlo, si es que es algo que haya que pedir? En el ejemplo anterior, si todos mis esfuerzos (terapéuticos o no) van enfocados al control de la ira, en realidad estamos poniendo parches. Lo interesante es darnos cuenta de que, en lo profundo, hay miedo.

Volviendo al tema que da título a este escrito, ¿qué nos pasa entonces con la frustración y la impotencia? Supongo que depende de cada caso. Lo interesante es ampliar la mirada y profundizar. ¿Qué es lo que no sale o lo que no sabes manejar? ¿Qué pasa si no sale, qué implica? ¿Quién juzga si las cosas están saliendo como tienen que salir o no? ¿Y qué hay ahí? ¿Un miedo a la pérdida, al juicio, a la desaprobación (y en definitiva, al rechazo o al abandono)? En fin, podríamos hacer aquí un sinfín de preguntas, porque cada caso es un mundo, y cada uno vamos por un derrotero diferente. Me atrevería a decir que detrás de la frustración suele haber algún tipo de miedo, aunque quizá sea una conclusión un poco aventurada. Y tú, ¿como lo ves?

 

Hari Om Tat Sat
Irene.

 

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