Lo que aprendí de Tadasana

Será que últimamente valoro mucho la quietud o será que las vacaciones en la montaña asturiana me han inspirado más de lo que pensaba, pero el caso es que, últimamente, estoy encontrando mucho valor a Tadasana, la postura de la montaña, y la incorporo siempre en mi práctica de yoga. Hasta ahora había supuesto para mí simplemente una postura de transición o de descanso, pero no le había prestado demasiada atención. Curiosamente, se ha convertido en una de las imprescindibles.

BKS Iyengar en Tadasana

Lejos de lo que pueda parecer, Tadasana no es quedarse de pie, y ya. No. Es una postura que lleva la conciencia y la presencia desde las plantas de los pies, activas y enraizadas, hacia la coronilla, proyectada hacia el cielo. Todo el cuerpo está activo, las piernas firmes, la columna vertebral alineada, las manos cargadas de energía. Una postura que invita a buscar la luz sin perder ni un mínimo de contacto con la tierra. Sugerente, ¿no?

El caso es que la práctica de este asana me hace reflexionar sobre muchas cosas. La primera, que practicarla es una especie de mazazo al “ego del yogui moderno”, a la importancia personal*. Me explico. No es una postura vistosa, nadie se hace fotos en Tadasana y las sube a Instagram (rectifico, 40.200 publicaciones -y viéndolas, pocas son realmente Tadasana- frente a las 325.000 de Sirsasana, por poner un ejemplo). No es una postura que requiera de una flexibilidad especial ni de una fuerza de culturista. De manera que poca gente se esfuerza en “conseguir” un buen Tadasana, porque no tiene mérito a simple vista. Pero es que todo lo que sucede en Tadasana sucede por dentro, de forma interna. Son todo sensaciones difíciles de plasmar en una foto: la firmeza, la estabilidad, la presencia, la vida misma. La percatación de que la propia quietud está plagada de movimiento, desde la inmensa cantidad de micro-ajustes que hace el cuerpo para mantener el equilibrio, hasta la respiración, la circulación de la sangre, el flujo de emociones y pensamientos, las sensaciones de la piel. Una fiesta de dinamismo en la inmovilidad aparente. Igual que las montañas, a nuestros ojos imperturbables, pero llenas de vida y de cambio. Tadasana es, en definitiva, una de las mejores alegorías de la imposibilidad de que exista un polo sin su opuesto (en realidad, cualquier asana sostenida nos da esta sensación de yin-yang).

Otra cosa que aprendo de Tadasana es la importancia de mantener los pies en la tierra cuando te dedicas a las prácticas espirituales. Muchas veces, caemos en utilizar la meditación como una forma de evasión, una especie de anestesia que nos aleje de nuestros sufrimientos. Nos sentamos a meditar sin tener ciertas cuestiones ni trabajadas ni resueltas, con la esperanza de que se produzca en nosotros un cambio por arte de magia. Confundimos el trabajo meditativo con sentarnos a escuchar música de pajaritos o relajarnos. Y no. Durante la meditación pueden aparecer imágenes, pensamientos, recuerdos y sensaciones dolorosas. Podemos encontrarnos con nuestros fantasmas, porque precisamente de eso se trata, de hacer consciente lo inconsciente. Y lo inconsciente lo es por algo, normalmente porque lo hemos reprimido como una forma de defendernos frente al dolor o el miedo que nos provoca. Emprender una disciplina espiritual no es olvidarse de trabajar la sombra, no es olvidarse de la vida cotidiana, no es dar la espalda a lo terrenal, sino que es reconocerlo, aceptarlo e integrarlo. Si queremos trascender el ego, primero hay que construirlo, y esto implica hacer consciente tanto lo que nos gusta de nosotros mismos como lo que no. Por eso es tan importante tener “la cabeza amueblada”, los pies en la tierra, para no perderse en el camino.

Construir y mantener Tadasana es dejar que la vida suceda dentro y fuera de ti sin esfuerzo. Lo único que tienes que hacer es mantenerte firme y estable, sabiendo que tu esencia es inmóvil, eterna, imperturbable. Dejar que las cosas fluyan en tu interior y en el exterior, y permanecer ahí, observándolas, con total y absoluta presencia y total y absoluta neutralidad.

En realidad, cuando hablamos de asana en el contexto del Raja Yoga y los 8 pasos del sendero que nos propone Patanjali, nos estamos refiriendo sólo a la postura del loto, no a la práctica de asana al estilo del Hatha Yoga. El Hatha es, según esto, una mera preparación para el Raja, la autorrealización que comienza con el cultivo de valores éticos personales y sociales y termina con la meditación. Digo esto porque muchas veces nos perdemos en la búsqueda de posturas y secuencias cada vez más elaboradas y complejas, cuando, al final, lo más simple es muchas veces lo más enriquecedor, lo que más nos nutre y lo que más información nos proporciona. Lo complejo nos suele despistar, muchas veces porque es sólo otro alimento más para un ego hambriento. En definitiva, es precisamente lo sencillo lo que nos invita a desinflar este ego que tenemos tan sobredimensionado, tan mal construido. Posturas como Tadasana nos ayudan, a mi entender, a ir desmontando la importancia personal y a cultivar valores tan enriquecedores como la sencillez (Tapas), la no-ambición (Aparigraha) y el contento interior (Samtosha), entre otros muchos.

 

Hari Om Tat Sat
Om Shanti, Shanti, Shanti

Irene.

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*Respecto a este tema, el otro día leí sorprendida un artículo sobre un estudio en Alemania entre practicantes de Yoga y meditación que llegaba a la conclusión de que estas prácticas, lejos de desarticular la importancia personal, contribuía a todo lo contrario. Los practicantes de yoga cada vez son (¿somos?) más egoicos, narcisistas y hedonistas. También se aclaraba que el estudio se había enfocado en la práctica de yoga “a la occidental”, y no en una práctica más tradicional orientada al desarrollo espiritual. Ahí lo dejo, para la reflexión.

4 Comments

  1. Qué precioso! Totalmente de acuerdo en que lo más sencillo es lo más efectivo. De nada nos vale meditar durante horas o practicar yoga, si en cuanto terminamos volvemos al mismo estado mental que teníamos antes de comenzar.
    El trabajo de introspección debe ser constante y no permitir que el ego se apodere de nuestros pensamientos.

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