Lo que aprendí de Sirsasana

La reina de las posturas

Dicen de Sirsasana que, si hubiera que elegir un asana como “la reina de las posturas”, sería, sin duda, ésta: la postura sobre la cabeza. Fuerza y equilibrio para lograr esta posición invertida, protagonista de numerosas imágenes que vemos a diario en todo tipo de publicaciones sobre Yoga. Y lo cierto es que no les falta razón a quienes así la consideran. Pero no voy a entrar ahora a enumerar todos los beneficios que nos aporta, ni tampoco sobre cómo hacerla; para eso están otros artículos y libros. De lo que sí voy a hablar es de lo que me ha aportado a mí en los años que llevo de práctica (que no son muchos, pero son).

La primera vez que vi a mis compañeros de clase entrando en este asana sentí una admiración inmensa. Sin decir que sea la postura que más me gusta, porque no lo es, sí que me parece una de las más bonitas, estéticamente hablando. Impresionante, también. Y así me quedé yo, impresionada. Y esa impresión me llevó a la envidia, y a los celos… decir que entré en un estado Holly igual es un poco excesivo, pero algo había, no lo voy a negar. Y después llegó Larch, esa idea de “yo nunca voy a ser capaz de hacer eso”. Tanto era así que ni siquiera lo intentaba. Total, ¿para qué?

Aún recuerdo la primera vez que hice Sirsasana. Fue en un retiro de Yoga, y, obviamente, la hice con ayuda. Me preparé para subir, pero sin intención de hacerlo, y cuando me quise dar cuenta la profesora estaba a mi lado y me preguntó “¿quieres subir?”. Le dije que sí. Me sujetó las caderas y las piernas, y ¡arriba! Todavía me hace gracia el susto que me llevé. Lo que más me impactó fue el cambio de perspectiva: sin duda, las posturas invertidas van de eso, de mirar las cosas de otra manera. Cabeza abajo todo es diferente. Te das cuenta de lo relativas que son las cosas y de lo que cambia todo en un momento. Sensación curiosa.

Imagen: Beatrix Hernandez para Gangadhara Yoga

Las lecciones

Pero lo que he aprendido de Sirsasana no es sólo eso. Lo que he aprendido va mucho más profundo. Creo que no es casualidad que todavía, y van ya más de 3 años desde aquella primera vez, no sea capaz de mantenerme en el asana de una forma estable y cómoda. Apenas la sostengo unos segundos, y ni siquiera puedo hacerla siempre que quiero. Hay veces que, directamente, no sale, y ni siquiera puedo llevar las piernas al pecho. Y es que esta postura me conecta directamente con esas partes de mí misma que he tenido y aún tengo que trabajar.

  • Water Violet. Aceptar que no soy del todo autosuficiente y que hay cosas para las que sigo necesitando la ayuda de otra persona, dejando de lado el fantasma del orgullo, ha sido, sin duda, la gran lección que he recibido de Sirsasana. El individualismo aquí, para mí, no cabe; ni la soberbia, ni el “dejadme sola que yo puedo”. No. Sentirme cómoda recibiendo ayuda, reconocerme que la necesito y no sentirme mal por ello. Por otra parte, el hecho de practicar con mayor sensación de seguridad si tengo cerca la pared me recuerda que, como la mayoría de la gente, también yo necesito un soporte, ese sentimiento de estar apoyada y recogida. Y entonces esa frialdad mía tan Water Violet se va desvaneciendo.
  • Gentian/Larch. El hecho de no poder mantener la postura y, en algunas ocasiones, ni siquiera entrar en ella llegó a entristecerme y a frustrarme al más puro estilo Gentian. “Esta postura no es para mí”. Todavía sigo teniendo pensamientos del tipo Larch (“yo no soy capaz de hacer esto”, “no tengo la suficiente fuerza en los brazos”…). Pero, no me preguntéis cómo ni por qué, el caso es que sigo intentándolo una y otra vez. Ya no me importa si me caigo nada más subir o si ni siquiera subo. Segunda gran lección de Sirsasana: el valor de la constancia y del esfuerzo, la perseverancia a pesar de la ausencia de frutos inmediatos. Ahora entiendo que los frutos son otros (y que estoy nombrando en forma de “lecciones”), y no la postura en sí misma.
  • Mímulo. Practicar Sirsasana no es un camino de rosas. A veces, te caes. A veces, te haces daño. Y puede que acabes cogiéndole miedo. “¿Y si me vuelvo a caer?” “¿Y si me hago daño otra vez?”. Hacerme estas preguntas me pone en contacto con otras facetas de mi vida en que estoy actuando de esta misma manera, evitando el daño, evitando el riesgo. Hasta que me di cuenta de que si te caes, te levantas y lo intentas otra vez. Y si te haces daño, esperas el tiempo que haga falta para recuperarte (sean unos minutos o una temporada) y sigues adelante. Tener claro el objetivo y trabajar duro para llegar a conseguirlo “no matter what” (perdón por el anglicismo, pero me gusta la expresión). Tercera lección de Sirsasana: la valentía, la resiliencia (un poquito de Mímulo, un poquito de Gentian).
  • Rock Water/Pine. A veces no puedo evitar que se me venga a la cabeza el típico “A estas alturas, ya debería salirte este asana”. No voy a negar que tengo cierta tendencia a caer en estos estados florales. El perfeccionismo extremo y en ocasiones exasperante y culpabilizador. El autorreproche por no conseguir los objetivos en tiempo y forma. El grillete del “Deberías”, de la autoexigencia. Pero un buen día te das cuenta de que esa voz que te juzga y te castiga no eres tú, y te liberas. Y que no pasa nada, absolutamente nada, si algo no sale como “debería”. Cuarta gran lección de Sirsasana: el ansia de perfección sólo tiene un resultado: te encadena.
  • Beech/Holly. Muchas veces he criticado las fotos de personas haciendo posturas imposibles que abundan en las redes, posturas que, si bien es cierto que en ocasiones tienen un toque de egotismo, también tienen un incuestionable valor artístico. Sí, algunas de esas fotos son bonitas, preciosas. Pero, volviendo la mirada hacia dentro y observando qué me pasa con ellas, por qué las critico, me doy cuenta, y lo digo honestamente, de que hay un punto de envidia. “A mí eso no me sale y a esas personas sí”. Y yo quiero tener la foto bonita y no la tengo. Quinta gran lección de Sirsasana: antes de juzgar y criticar, mirar a ver qué me está pasando por dentro y por qué me estoy quedando pegada a eso (creo que es interesante recordar aquí mi post sobre Beech y Paschimottanasana).
  • Gorse. Pues sí, después de todo, en ocasiones caigo en la desesperanza Gorse, esas ganas de tirar la toalla, esa sensación de haber hecho ya todo lo que está en mi mano y de que ya no hay nada más que intentar, que ya no vale la pena más esfuerzo porque el objetivo está lejos y parece imposible. Ni tratar de aislar cada uno de los elementos de la postura y practicarlos por separado (la fuerza de los brazos, el equilibrio, el perder el miedo a la caída, etc) ni la perseverancia más extrema parecen servir a veces… Sexta lección de Sirsasana: nunca desesperes, confía.

Y es que el Yoga es mucho más que la práctica de una secuencia de posturas, y no me canso de decirlo. Yoga es todo un camino de autoescucha, de sensibilidad, de respeto a uno mismo y a nuestras propias capacidades (fisicas, emocionales y mentales), de aprendizaje y mejora continuos, de búsqueda de ese punto de equilibrio entre el esfuerzo y la aceptación de los límites y de desarrollo de las más valiosas virtudes… Y todo eso me lo enseñó Sirsasana.

Om Shanti, Shanti, Shanti. Paz y amor para todos.

Irene.

2 Comments

  1. Gracias por compartirte en estas palabras, hoy las necesitaba. La asanas me gusta, llevo practicándola poco más de 6 meses, la sentía ya dominada, hoy me he caído…y va de nueva cuenta el aprendizaje de vida: Aprender a lidiar con la frustración jajaja.
    Te he leído y me ha encantado, un abrazo (desde Acapulco, México).

    Esmirna
    1. Al final obtenemos lecciones de donde menos esperamos. La frustración, la autoexigencia, la competitividad, el esfuerzo… el yoga nos enseña a lidiar con todo esto y mucho más.
      Muchas gracias Esmirna por tus palabras.
      Un fuerte abrazo

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