Orquídea Amazonas. Cuando la mejor respuesta es fluir.

Me sorprende la cantidad de gente a mi alrededor que está sufriendo problemas de estrés, ansiedad e incluso depresión. Momentos difíciles, emociones complicadas que no se sabe bien gestionar, situaciones que distan mucho de nuestras expectativas y de nuestros deseos. También veo cierta insatisfacción vital, por qué no decirlo. Cada vez me encuentro más personas con trabajos que detestan, que se casan y tienen hijos “porque ya toca” (o preocupadas porque el tiempo pasa y no encuentran una pareja con quien tenerlos, con la presión familiar y social que eso conlleva), que, lejos de vivir la vida, pareciera que es la vida la que les vive a ellos (no sé si esto tiene mucho sentido, me ha salido así). No voy a ir ahora de listilla, me subo al carro.

Entonces no puedo evitar preguntarme ¿qué nos pasa? ¿por qué nos alejamos tanto de nuestros deseos profundos? La primera respuesta que me viene a la cabeza es: “porque los desconocemos”. Eso es. Muchas de estas personas que menciono no saben responder a una cuestión aparentemente tan sencilla: “Y tú, ¿qué quieres?”. No sabemos a qué queremos dedicarnos, no reconocemos nuestros talentos ni nuestros potenciales. No sabemos si queremos o no queremos tener hijos, porque no sabemos distinguir si la voz que nos dice “quiero tener hijos” es nuestra o es de nuestra familia, o de nuestro entorno, o de la sociedad en general. No sabemos si queremos vivir aquí o allí, e incluso idealizamos lugares, pensando que la vida en otra parte sería mucho más feliz. Siento ser ceniza: no. La vida no va a ser más feliz hasta que no empieces a escucharte, a reconocer tus necesidades y a darles respuesta, independientemente de dónde estés y de lo que andes haciendo. Pero no te preocupes, si aun así no te oyes, porque a veces el alma habla bajito, ya se encargará el cuerpo de ponerle el micrófono. Benditas somatizaciones.

Pero oye, que a veces el problema no está en reconocer lo que queremos, sino en que nos falta valor para perseguirlo. Aquí entonces entran muchos sentimientos: los miedos, las inseguridades, las dudas, los juicios… y, oh oh, la culpa, la sensación de ser egoístas, desleales, como si le debiéramos algo a alguien, como si la responsabilidad de la vida de los demás fuera nuestra (esto también es importancia personal, la cara oscura del ego), como si ignoráramos que el otro toma sus propias decisiones libremente y yo tomo las mías de la misma manera. Así que nos vemos en la encrucijada de seguir bien seguros en nuestra zona de confort sintiéndonos miserables o arriesgarnos a tomar decisiones cuyas consecuencias solemos anticipar pero que, en el fondo, desconocemos. El salto al vacío.

Pongamos esencias florales. Hablamos de la culpa Pine, de la rabia (no siempre reconocida) Holly, de la incapacidad para desatarnos de las influencias tipo Walnut, de la repetición de patrones familiares tipo Baobab o Joshua Tree, de las crisis existenciales tipo Wild Oat, de la negación Agrimony, de la desesperanza Gorse, de la frustración y tristeza Gentian, o incluso Borage, de los miedos Mímulo y Aspen, incluso Rock Rose, que nos paralizan, dejándonos inmóviles; las dudas Scleranthus y Cerato, los juicios de Vervain y Beech… Y todo esto, en ocasiones, acaba en estados depresivos tipo Mustard, o en la apatía Wild Rose, o en la pereza selectiva de Hornbeam.

Pero este escrito se titulaba “Orquídea Amazonas“… ¿Por qué? Pues porque a veces, una vez que hemos reconocido nuestras necesidades profundas (o empezamos a atisbarlas al menos), hay que tener el valor de satisfacerlas, hay que tener el valor de hacerles caso y ponerse a caminar en esa dirección. Y, claro está, nos iremos topando con piedras en el camino, piedras que son tan gordas que no podemos simplemente darles una patadita y apartarlas, sino que tenemos que aprender a vadearlas, a sortearlas, y que no interrumpan nuestro flujo. Como hace al agua. Como hace el Amazonas. Qué suerte, tenemos su esencia en un frasquito de cristal.

A mí me ayuda mucho últimamente (será que la estoy tomando, y eso se nota) pensar que, cuando el oleaje es tan fuerte que ya no puedes nadar más contra él, hay que dejar de pelearse. No luches contra la ola, súbete a ella y mira dónde te lleva. Igual llegas a una playa paradisíaca que desconocías. O igual la ola se calma y se apaga por sí misma, dejando unas aguas más tranquilas y una nueva sabiduría en ti que te permita tomar mejores decisiones… al fin y al cabo, has sobrevivido a la tormenta. Pero si luchas, si te peleas… eso te agota y te enferma. Esto no quiere decir que adoptes una actitud de pasividad apática, que dejes que las cosas pasen sin que tú te esfuerces lo más mínimo. Quiere decir que reconozcas las oportunidades en lo que está sucediendo, aunque no te guste, que te adaptes a ello y las aproveches, y que esperes pacientemente a que pase el temporal, extrayendo el aprendizaje que te trae. Quiere decir que fluyas con la vida sin resistencia, como hace el agua, que continúa su camino sorteando los obstáculos, adaptando su recorrido. Paciencia y determinación. El agua no se detiene, el río no se para delante de la roca ni se da la vuelta asustado, porque su meta, su naturaleza, es el mar. Y al mar llega, sin importarle ni la cantidad de piedras que se encuentre ni el tiempo que le lleve el trayecto.

 

Hari Om Tat Sat,
Om Shanti, Shanti, Shanti.

Irene.

 

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2 Comments

  1. PRECIOSO artículo.
    Me siento identificado con el.

    El río ya se encuentra fluyendo hacia el océano; simplemente déjate fluir con él.
    Tampoco necesitas nadar; déjate flotar y llegarás al océano.

    Un abrazo

    ANTONIO BRAVO

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