Colorear, colorear… un pasito hacia Dharana

Llevo unos días pensando mucho en los libritos de mandalas para colorear. Compré uno hace tiempo, lo cogí con mucho entusiasmo, pero no tardé mucho en dejarlo guardado en un cajón, otra víctima de la vorágine del día a día, igual que lo fueron mis clases de guitarra y de canto… esta vida moderna que nos absorbe el tiempo en cosas urgentes y nos retira de lo lento, lo relajado, lo creativo, lo simple… en definitiva, de lo importante.

Y de repente ahora, seguramente a causa de un estado Olive-Agrimony un poco agravado, me ha vuelto a apetecer colorear. Olive, el agotamiento con mayúsculas a todos los niveles -físico, mental y emocional-, producto de una elevada carga sostenida durante un tiempo lo suficientemente prolongado como para acabar en colapso, un colapso triste, melancólico, vacío. Y Agrimony, ese estado de negación de las propias necesidades, sentimientos y sombras. Ese volcarse hacia afuera con sonrisas constantes y alegría forzada para evitar ver lo que hay dentro, reconocerlo, abrazarlo y hacerse cargo de ello.

Hace tiempo escribí una entrada con recomendaciones para Olive desde el pranayama (puedes verlo aquí). Ahora entonces me centraré en Agrimony y en cómo y por qué me ha llevado a relacionarlo con esto de los mandalas. No creo que sea casualidad que en una sociedad en la que priman la rapidez, el consumo desmedido de todo tipo de objetos, servicios y actividades, el hacer y hacer y hacer constante porque no se puede uno quedar parado -no vaya a parecer un bicho raro saliéndose del círculo samsárico- que, al final, lejos de acercarnos a una vida más plena y feliz, nos va alejando cada vez más de ella. Y entonces aparecen ciertas tendencias (como es ésta de los mandalas) que, aunque es cierto que tienen un componente de moda, también tienen su razón de ser, su utilidad. Un “para y céntrate” a través del color.

Recuerdo una amiga que me comentó que en una época difícil para ella, lo único que le permitía centrarse era colorear. Ante la imposibilidad de leer (dolores de cabeza, dispersión, este tener que leerse cada página varias veces porque no te enteras…) o de prestar atención a una película, descubrió que los mandalas (o cualquier otro dibujo) sí le permitían relajarse y concentrarse. Y la verdad es que ahora puedo dar fe de ello. Y es que algo tienen los colores y el prestar atención al detalle que activan una parte de nosotros que suele estar algo dormida. A casi todos los niños les gusta colorear, por algo será.

Personalmente, siento que me pone en contacto con una creatividad que pensaba que no tenía y con ese estado de dejar a tu niño interior que se exprese, como un regalo que le haces por haber estado tanto tiempo retenido detrás de las obligaciones sin fin de la vida adulta. Me parece curioso también darme cuenta del tipo de color que le voy dando al dibujo según mi estado de ánimo. Gracias a ellos consigo centrarme, casi como un ejercicio de Pratyahara (llevar los sentidos hacia adentro) y Dharana (focalización, concentración). No en vano se consideran una práctica meditativa (o mindfulness que se dice ahora…) que aún mantienen, por ejemplo, los monjes tibetanos (claro, que los mandalas de arena que hacen ellos poco tienen que ver con los que pinto yo…). Para ellos, de hecho, supone también un recuerdo de la impermanencia, ya que, después de crear esos preciosos mandalas da arena de colores, según terminan, los deshacen y tiran la arena a un río o al viento… Nada dura eternamente, todo pasa y todo cambia. Todos somos granos de una misma arena… Por eso, recomiendo no conservar los mandalas que vamos terminando (aunque yo sí lo he hecho para poner aquí las fotos), sino deshacernos de ellos, para tomar conciencia de esto mismo, de la impermanencia y del desapego… al fin y al cabo, la persona que pintó tal o cual mandala, ya no es la misma que está pintando ahora.

Sigo entonces con Agrimony. Me parece tremendamente interesante que se tome unos momentos para parar, para sacar lo que lleva dentro (en forma de color y de sombra) y observarlo plasmado en un papel. Quizá sea a través de los colores, o por la observación de lo que va sintiendo mientras dibuja o colorea, tanto del proceso en sí (¿cómo respiras mientras coloreas? ¿a qué velocidad lo haces? ¿estás calmado, o quieres acabar a toda costa? ¿te apresuras? ¿te resulta difícil escoger los colores o dudas de por dónde empezar? ¿tienes una visión de conjunto, o te quedas en los detalles? ¿aprietas más o menos? ¿hay tensión en tu mandíbula o en tus manos?) como del resultado final (extrapola todas estas respuestas a tu actitud en la vida), que consiga darse cuenta de todo eso que no quiere ver, que se niega, que se oculta, y que le permita sacar esas emociones que están retenidas dentro, esperando salir al más mínimo descuido. Sin duda una práctica como ésta (pero valdría también cualquier otro ejercicio de atención plena) puede ayudarle a quitarse por un rato esa máscara de “aquí no pasa nada”, de falsa alegría, de seducción y juego, de hacer, hacer y hacer para no parar a observarse, y empezar a hacerlo, aceptando y abrazando lo que hay.

 

Hari Om Tat Sat,
Om Shanti, Shanti, Shanti

 

Irene.

 

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