Paschimottanasana. Un instante de reflexión para Beech.

Caer en el juicio y la crítica

La mayoría de nosotros alguna vez hemos caído en estados Beech. Si hubiera que describir con una sola palabra esta tipología floral, hablaríamos del “criticón”. Nos encontramos en un estado Beech cada vez que juzgamos al otro, cuando criticamos los errores que comete y nos ponemos en modo intolerante. Todo lo que hace el otro nos parece mal; nosotros, sin duda, lo haríamos mucho mejor. Beech es antipático, irritable, arrogante y rígido; en definitiva, un estirado. La gran lección que tiene que aprender todo aquel que cae en este estado es la compasión y también, por qué no, empezar a mirarse a uno mismo y reconocer los propios errores en lugar de ocuparse tanto del otro.

El doctor Bach describe así este remedio floral, con la ternura que lo caracteriza:

“Para aquéllos que sienten la necesidad de ver más bondad y belleza en todo lo que los rodea, y, aunque muchas cosas parezcan estar mal, tienen la virtud de ver el bien creciendo en su interior. El remedio también los ayuda a ser más tolerantes, indulgentes y comprensivos con respecto a los distintos caminos que cada individuo –y las cosas en general- transitan en su intento de llegar a la perfección final.”

¿Qué necesita entonces Beech para equilibrar esta tendencia a la crítica y el juicio feroces, además de tomar la esencia floral? Mi propuesta es Paschimottanasana, la postura de la pinza.

Mirar hacia adentro

El nombre de esta postura, Paschimottanasana, se refiere al estiramiento de toda la parte posterior del cuerpo. Paschima, en un sentido esotérico, se refiere al Oeste. El maestro Iyengar lo consideraba una referencia a la espalda del mundo, siendo la parte frontal el este, el norte la cabeza y los pies el sur. Al practicar este asana se estiran todas las cadenas musculares posteriores de las piernas y la espalda, masajeando los órganos del vientre y estimulando el segundo chakra principalmente, Svadistana, asociado a la creatividad y la sexualidad.

Para entrar en la postura, nos sentamos primero en Dandasana, es decir, con las piernas juntas estiradas en el suelo, el tronco erguido hacia la vertical y apoyamos las manos en el suelo a la altura de los hombros, que nos ayudan a crecer. Tomamos unas respiraciones aquí y nos preparamos ya para entrar en Paschimottanasana. Al inspirar elevamos los brazos hacia arriba para alargar bien la espalda y los costados, y exhalando nos vamos flexionando hacia delante desde las caderas –no desde la mitad de la espalda ni desde la cintura-, hasta coger los pies (o las pantorrillas si no llegamos a los pies) con las manos, proyectando el pecho hacia adelante para que sea todo el tronco el que se aproxima a los muslos, estirando bien la columna en todo momento. Si no tenemos los isquiotibiales lo suficientemente flexibles, esta postura puede ser algo exigente, de manera que, para proteger las vértebras (en especial la zona lumbar), podemos flexionar las rodillas tanto como sea necesario para estar cómodos. Tratamos de mantener el alargamiento de la espalda en todo momento para evitar dañar los discos intervertebrales y relajamos los hombros y el cuello, que tienden a cargarse.

Paschimottanasana tiene muchos beneficios: calma la mente y ayuda a aliviar el estrés; estira la columna vertebral, los hombros y los músculos isquiotibiales; estimula el hígado (sede de la ira, interesante para Beech), los riñones (sede del miedo, ese miedo que Beech no deja ver pero que lo asedia de cerca), los ovarios y el útero; mejora la digestión; ayuda a aliviar los síntomas de la menopausia y el malestar menstrual; alivia el dolor de cabeza y la ansiedad y reduce la fatiga… Pero sin duda, lo más importante para Beech es que este asana, al mantenernos replegados en silencio y oscuridad sobre nuestro Hara, nuestro centro vital, es una de esas posturas que más invitan a la introspección. La flexibilidad que aporta con el tiempo, además, es muy interesante para hacer reflexionar a Beech sobre la necesidad de abandonar las rigideces, aunque no sea algo que pueda hacerse de la noche a la mañana.

Cuando permanecemos un par de minutos en esta posición podemos aprovechar para hacer un repaso de nuestras virtudes y defectos, podemos llevar la mirada hacia adentro y ver las cosas con una nueva perspectiva, recapitulando, sin caer tampoco en el juicio excesivo. ¿Somos realmente diferentes y mejores que el resto? ¿Por qué entonces nos mostramos así? ¿Es nuestra actitud ante la vida la más adecuada? ¿Cuáles son nuestros motivos para estar irritados y con quién lo estamos? ¿Qué tienen los demás que nos cuesta tanto aceptar y por qué? ¿Qué hay detrás de esta aparente arrogancia? (normalmente se trata de un complejo de inferioridad que no nos atrevemos a reconocer).

En esta postura, que supone un equilibrio perfecto entre esfuerzo, actividad y relajación, solemos tender a forzar, por nuestra ansia de llegar adonde no estamos preparados todavía para llegar y nuestro cuerpo no alcanza. La tensión en los hombros y en el cuello se hace evidente si no somos cautelosos y delicados, la misma tensión que tiene Beech, que se presenta tan rígido y contraído.

Entonces, en este momento podemos preguntarnos precisamente por qué nos esforzamos tanto en mostrarnos de una manera diferente a lo que somos, por qué damos importancia a lo que no la tiene, por qué nos molesta tanto lo que hacen y dejan de hacer los demás (¿no será que volcamos sobre el otro una crítica que nos hacemos inconscientemente a nosotros mismos?), por qué el menospreciar al otro nos sirve para autoafirmarnos, por qué no vivimos de una manera más relajada y distendida, por qué caemos en el sobreesfuerzo –que puede ser irreversiblemente perjudicial si es sostenido en el tiempo-, qué es lo que nos dificulta ser más flexibles, más compasivos y soltar toda esa tensión.

Nuestra actitud en esta postura tiene un reflejo inmediato fuera de la esterilla. ¿Estamos teniendo en cuenta el principio de Ahimsa, no violencia? Ésta es una hermosa lección que se aprende en esta postura, puesto que, si somos incapaces de respetarnos a nosotros mismos, reconociendo y atendiendo nuestras capacidades y límites, difícilmente podremos respetar los de los demás. Tolerancia, respeto, amor y compasión que nacen en nuestro centro y se expanden hacia el exterior como el mismo Sol que, naciendo por el Este, irradia toda su luz para replegarse después, como en Paschimottanasana, por el Oeste.

Om Shanti, Shanti, Shanti

Irene.

 

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