Virabhadrasana. Convertir a Mímulo y Larch en guerreros.

Cuenta el poeta Kalidasa en uno de sus cuentos mitológicos que el guerrero Virabhadra nació de un mechón de pelo de Shiva, quien, enfurecido ante el asesinato de su amada Sati por parte de Daksha y sediento de justicia, se arrancó parte del cabello y lo arrojó con fuerza al suelo, surgiendo de él este guerrero que, acabando con la vida del asesino, vengaría la muerte de Sati. Se dice también que el verdadero enemigo de Virabhadra no es Daksha, sino el Ego, ese Ego que, si bien es cierto que nos sirve para desenvolvernos en esta vida que nos corresponde vivir para nuestra propia evolución, muchas veces nos oprime y nos arrastra en un maremágnum de neurosis, automatismos y limitaciones.

Y es que, en realidad, esto es lo que les pasa a Mímulo y a Larch, que ambos son prisioneros de sí mismos. El primero, porque es víctima del temor, de la timidez, de la vergüenza, de los miedos a las cosas más terrenales. El segundo, porque es presa de su falta de autoestima, de sus inseguridades, del sentirse incapaz y menos válido que el resto. Como resultado, ambos se acaban encerrando en sí mismos, limitándose y volviéndose personas “pequeñitas”, sin fuerzas ni ganas para manifestar su presencia y hacerse valer. El enemigo de Virabhadra era Daksha; el de Mímulo y Larch son la vergüenza, el miedo, la timidez y la poca conciencia de su valía. El de todos ellos, por tanto, su propio ego.

La postura del guerrero, Virabhadrasana, tiene varias versiones que me parecen muy relevantes para Mímulo y Larch. Virabhadrasana I representa al Guerrero enarbolando su espada, elevándola al cielo. En Virabhadrasana II, el Guerrero establece su blanco, mirando de frente a su enemigo, preparándose para acabar con él. Es en Virabhadrasana III cuando alcanza su objetivo y decapita mortalmente a Daksha. Las tres posturas son lateralizadas, así que las construiremos primero hacia un lado y luego hacia el otro, cambiando la pierna dominante.

Para construir Virabhadrasana I, separamos los pies una buena distancia y los giramos, uno hacia afuera completamente y el otro ligeramente hacia adentro. La separación debe ser tal que nos permita, al doblar la rodilla delantera sin sobrepasar el tobillo, que el muslo quede prácticamente paralelo al suelo. Giramos el tronco hacia el pie de delante, elevamos los brazos y dirigimos la mirada hacia arriba, a las manos, que se juntan por encima de la cabeza. Desde aquí podemos sentir el pleno enraizamiento de los pies, que nos aporta una buena dosis de energía y de fuerza, de seguridad, y el elevar los brazos al cielo desde aquí nos hace sentir verdaderamente poderosos, máxime si conocemos la historia del guerrero y nos metemos en ella, sintiéndonos así, auténticos luchadores que tratan de vencer sus propios fantasmas.

Pasamos a Virabhadrasana II girando el tronco hacia el frente, abrimos los brazos en cruz y dirigimos la mirada a la mano delantera. Aquí, además de la fuerza de la primera fase, podemos sentir también el equilibrio, la serenidad, la templanza. La mirada clavada en el lugar al que apunta la mano nos ayuda a poner más conciencia en el objetivo, al que incluso podemos poner un nombre concreto o una expresión del tipo “Ahí está mi miedo, lo miro de frente, con todos mis sentidos concentrados en acabar con él”.

El toque final lo aporta Virabhadrasana III, postura de equilibrio que requiere de una buena dosis de fuerza en la pierna de apoyo. Volvemos a girarnos como en Virabhadrasana I, estiramos la rodilla delantera, elevamos la pierna de atrás y nos inclinamos hacia adelante, dejando todo el cuerpo en el aire, salvo la pierna de apoyo, y paralelo al suelo. Los brazos se alargan, juntamos las palmas de las manos, y dirigimos la mirada al frente. Todo el cuerpo queda en una línea que apunta directamente a nuestro objetivo, enfocado. Desde aquí podemos sentir la fuerza, el empuje, el enraizamiento, el equilibrio y la dirección, cualidades que, sin duda, necesita todo Mímulo y todo Larch, que, por un momento, se convierten en guerreros. Cualquier descuido, cualquier falta de atención, pueden ser fatales, logrando que nos desequilibremos y nos vayamos al suelo.

Esta serie de posturas nos ayuda a desarrollar la fuerza (especialmente en las piernas, nuestra base, nuestra ancla), el equilibrio, la estabilidad, la coordinación, la capacidad de focalización, la atención y la concentración, además de servir como un estupendo ejercicio para reducir los niveles de estrés. Trabaja la mayor parte de los grupos musculares y articulaciones y, como todas las asanas, la respiración. A nivel emocional tiene un efecto muy interesante sobre nuestra confianza y autoestima, sobre la fortaleza interna, la capacidad de esfuerzo y determinación y también sobre el nerviosismo y la fatiga. No se me ocurren mejores posturas para trabajar un nuevo enfoque ante las adversidades de la vida que, sin duda, toda persona temerosa y falta de autoestima como son Mímulo y Larch necesita.

 

4 Comments

    1. Muchas gracias Gloria. El Yoga es un estupendo regulador de emociones, igual que lo son las esencias florales. Me pareció interesante ver cómo pueden actuar en sinergia y complementarse.
      Un abrazo

      irene irene

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