Vivir un embarazo es toda una experiencia. Un sinfin de emociones de todos los colores, una revolución hormonal «interesante», cambios físicos, emocionales, mentales, de creencias, de prioridades… Toda una aventura. Mucha ilusión y algo de miedo también, por qué no (¿Estará bien mi bebé? ¿Saldrá adelante? ¿Seré una buena mamá? ¿Podré darle una buena vida?) Mil cosas se pasan por la cabeza, todas a la vez.

Siempre pensé que debía de ser duro ser trabajadora embarazada, sea el trabajo que sea, porque el cuerpo, la energía y la cabeza están a otra cosa. Y eso se nota, y mucho. En mi caso, mi mayor dificultad ha sido continuar dando clases de Yoga «como si nada», porque, no nos engañemos, el cuerpo está tan revuelto que no te sientes nada bien y se hace duro «llegar a todo», pero tampoco puedes anunciar tu estado a los 4 vientos desde el minuto 1, porque puede pasar cualquier cosa. Ni siquiera me he atrevido a escribir este post hasta ya bien pasados los 3 primeros meses, con eso digo todo. Será que soy muy reservada, no lo sé 😉

Antes de continuar, advertir que este texto que escribo no pretende ser una guía de yoga y embarazo, tampoco un conjunto de pautas a seguir… simplemente es mi experiencia, que comparto con el deseo de que le sea útil a alguien (alumnas, profesoras embarazadas, profesores que quieran entender un poco más a sus alumnas). Por eso, prefiero centrarme en escribir sobre las dificultades que he tenido, y en cómo he adaptado mi práctica personal y mis clases a esta situación. También me gustaría resaltar que no es lo mismo una persona como yo, que soy profesora y practico desde hace tiempo, que soy capaz de adaptar yo misma mi práctica sin que el profesor «esté pendiente de mí» porque comprendo las posturas y entiendo bastante bien cómo afectan a mi cuerpo; que una persona que quiere empezar a practicar yoga en el momento que se queda embarazada. En casos como el mío, no veo ningún impedimento a que la embarazada continúe con sus clases habituales, una práctica general. En el segundo caso, recomiendo encarecidamente acudir a clases específicas para embarazadas y no a un grupo general. Me parece importante hacer la diferencia.

Recuerdo que la primera clase que recibí sospechando que estaba embarazada (no lo había confirmado aún, pero era casi evidente) fue un viernes de febrero, y fue una clase intensa. Me sentí muy rara. Las primeras semanas de embarazo son delicadas, el embrión está instalándose en el que será su hogar los próximos meses, y cualquier movimiento más brusco de la cuenta puede dar al traste con el proceso. Es el período con mayor riesgo de aborto espontáneo, y eso es algo que no podemos ignorar, ni como alumnas ni como profesores. Como leí una vez, «si plantas una semilla y pretendes que arraigue, no puedes estar continuamente moviendo la tierra». Así que ahí estaba yo, sin saber si verdaderamente estaba embarazada y ya adaptando mi práctica como si lo estuviera (luego diré cómo). Como punto positivo, diré que nunca en la vida he estado tan presente en mi cuerpo, tan atenta a cada movimiento, a los efectos de cada postura, a modular el grado de esfuerzo con precisión casi matemática «para no pasarme». Me sentí a veces un poco flipada, (¿anda, que si ni siquiera estoy embarazada y estoy aquí haciendo el memo?). En fin, así me las gasto 🙂

Una vez confirmado el embarazo (al día siguiente de esta primera clase), decidí adaptar la práctica desde el principio para no correr ningún riesgo (riesgo quizá bajo, pero pérdida potencial muy elevada). Sabía que no conviene hacer posturas que impliquen actividad abdominal intensa, ni tampoco tumbarse sobre el abdomen. Pero yo pensaba que eso era cuando ya tuviera una la barriga un poco más grande… pero no. Y ahora entendí por qué. Decidí documentarme un poco, repasar apuntes de la formación de Profesores, consultar con compañeros («tengo una alumna embarazada…»). Pero lo que más me sirvió, como era de esperar, fue escuchar mi cuerpo y atender sus necesidades.

 

Las mayores dificultades que me encontré

Las náuseas

Sin duda, lo peor. Yo pensaba que esto de las nauseas era que te levantabas revuelta por la mañana, vomitabas y luego seguías más o menos bien el resto del día. Hay mujeres afortunadas que no tienen. Bueno, pues yo he tenido nauseas (sin vómitos, eso sí) desde la semana 6 hasta la 14, todos los días, las 24h del día (o sea, dos meses non-stop). Es una sensación parecida a cuando te mareas en el coche, que parece que vas a vomitar, pero no llegas a vomitar. Estar revuelta tooooooodo el día, sin ganas de comer, de repente te dan asco muchos de los alimentos que antes te encantaban (en mi caso, la pasta con tomate, los yogures de soja, las infusiones… casi todo), y acabas malcomiendo, con el cuerpo hecho un trapo, con el ánimo por los suelos y con el temor de estar perjudicandoos al bebito y a ti por no aportaros nutrientes. 

Mis adaptaciones como alumna: Mis peores enemigos en este tema eran la intensidad y las flexiones hacia adelante, así que, sencillamente, dejé dejar de hacer lo que no me apetecía hacer. No tuve reparos en hacer sólo un Saludo al Sol y quedarme luego en Tadasana mientras el resto de la clase hacía 3 o más vueltas, en tumbarme en Savasana cuando tocaba Paschimottanasana (la pinza sentada) o cualquier flexión hacia adelante de pie, o, si decidía hacerlas, intentando llegar al punto justo donde la nausea era aún soportable, pero no más.

Mis adaptaciones como profesora: Aquí no queda otra que aguantar el tipo como puedas, sobre todo al principio, cuando aún no quieres decir que estás embarazada. En mis clases suelo mostrar todas las posturas, y suelo hacer con los alumnos el Saludo al Sol. El problema es que en las clases que yo tengo viene mucha gente nueva, que nunca ha practicado yoga o que no lo ha hecho conmigo, entonces no queda otra que mostrarlo casi todo. Aun así, dejé de mostrar Surya Namaskar, confiando en que los alumnos más antiguos sirvieran de referencia a los nuevos. Y las posturas, mostrar lo imprescindible y poco más.

 

La hipersensibilidad del pecho

Como decía antes, yo pensaba que el evitar las posturas boca abajo empezaba cuando ya la tripa empezaba a abultarse, pero no contaba yo con el dolor de pecho, así que tuve que adaptarlo todo desde el principio. Me resulta complicado tumbarme boca abajo en el suelo, porque, aunque la tripa aún no molesta, el pecho está tan frágil (e hinchado) que me resulta sumamente incómoda la presión.

Mis adaptaciones como alumna: en Surya Namaskar, pasando por Marjaryasana-Bitilasana (Gato-Vaca) en lugar de Ashtanga Namaskar y Bhujangasana (la cobra). Las extensiones boca abajo, tipo Bhujangasana, Salabhasana y Dhanurasana, las he cambiado por extensiones desde Bidalasana (4 apoyos). Y para descansar, Balasana con las piernas ligeramente separadas, para que quepa el pecho entre ellas.

Mis adaptaciones como profesora: refinar la pedagogía, hacerme entender sin mostrar. Y si un día no me veía con fuerzas de dar mucha explicación, o había venido mucha gente nueva, directamente evitar ciertas posturas y cambiarlas por otras que yo sí pudiera hacer.

 

La falta de fuerzas, la fatiga continua

Gran tema éste. La revolución hormonal, los cambios corporales, las náuseas y la falta de alimento te dejan absolutamente agotada, con la única apetencia de pasarte el día en el sofá dormitando o dar algún que otro paseo suave para despejarte, poco más.

Mis adaptaciones como alumna: Pasé de 3-4 clases semanales a 2-3, y modularlas mucho. A medida que he ido recuperando un poco las fuerzas, he vuelto a coger ritmo, pero ahora más que nunca hay que ser sincera con una misma y muuuuuy compasiva, sin exigencias de ningún tipo. Si no llegas, no llegas, y no pasa nada.

Mis adaptaciones como profesora: Lo intenté, pero no pudo ser: al final me tuve que quitar clases. He pasado de 8 semanales a 4, suprimiendo grupos, redistribuyendo alumnos y pidiendo ayuda a una amiga, que me cubre en una de las clases que no he podido eliminar. La adaptación también ha sido interesante a nivel emocional, lidiando con la sensación de estar trabajando poco y «vagueando» demasiado, cosa que a mí me cuesta (no llevo bien la sensación de inactividad, nunca lo he hecho). Así que el trabajo ha sido también darme cuenta de que tanto mi bebé como yo nos merecemos este descanso… si no es ahora, ¿cuándo va a ser?

 

La presión y los cambios en el útero

Esta ha sido otra de las sorpresas que me he llevado. Sabía que cuando el embarazo está ya avanzado, ciertos giros y torsiones se han de hacer en el sentido contrario del normal, para evitar que la tripa «choque» con las piernas, por ejemplo. Lo que no me imaginaba yo es que, sobre todo durante el segundo mes (en el tercero no lo he notado tanto), la presión en el útero es algo intensa, así que las torsiones se hacen hasta desagradables (unido a las naúseas, la sensación es muy molesta). Súmale, y lo diré así para que nos entendamos, que no quería «espachurrar» a mi bebé… era como si mi minúsculo embrión estuviera envuelto en un trapo y yo pretendiera retorcer el trapo… todo por querer llegar a un Ardha Matsyendrasana como el que hacía «antes de». Pues no, hubo que hacer cambios. Tampoco son nada recomendables las posturas intensas para el abdomen ni las que lo sobreestiran.

Mis adaptaciones como alumna: Torsiones mucho más suaves de lo habitual (sobre todo durante el segundo mes, que tenía más molestias en este sentido). Sustituir las piernas de Ardha Matsyendrasana (media torsión espinal) por las de Gomukhasana (postura de la cabeza de la vaca), para reducir la presión en el útero. Respecto al abdomen, adiós a Navasana (Barco), adiós a las elevaciones de piernas tumbada en el suelo, adiós a una de mis favoritas, Urdhva Dhanurasana (el arco boca arriba).

Mis adaptaciones como profesora: Marcar la postura y salir de ella lo antes posible (entrar y salir), y sacar de mis clases posturas que ni siquiera me veo capaz de marcar.

 

La revolución hormonal y, con ella, emocional

El embarazo, o al menos las primeros semanas, es como un síndrome premenstrual a lo súper-bestia. Llantinas inesperadas por cualquier cosa, y luego te da la risa, y luego te enfadas, y luego tienes inseguridades, y luego estás exultante porque vas a ser mamá y estás deseando que se te note la tripa, y luego lloras otra vez, y luego ves una ropita maja y te emocionas y luego llega la hora de comer y tienes hambre pero no eres capaz de comer nada y te vienes abajo de nuevo, y arriba otra vez después… Y esto, se nota también en clase.

Mis adaptaciones como alumna: Permitirme estar con lo que hay sin reprimirlo ni tratar de ocultarlo. Más de una vez me he puesto a llorar en clase porque sí (aunque dudo que alguien se diera cuenta, pero, ¿y qué?), más de una vez me he enfadado y frustrado porque ya no podía hacer alguna de mis posturas favoritas y porque iba a estar así un mínimo de un año (¡voy a perder lo avanzado!), más de una vez me he dicho que qué más da todo eso, si voy a ser madre y es lo único que importa…

Mis adaptaciones como profesora: Lo diré en tres palabras: aguantar el chaparrón. Bendita meditación, bendito mindfulness, que te dan herramientas para estar bien con lo que hay, aunque lo que hay sea que estás hecha mierda. Me supuso un gran alivio el día que decidí contarle a algunas de mis alumnas que estaba embarazada, ya cuando estaba de unas 10 semanas, porque me sirvió para «justificar» los cambios de horarios, de clases, etc, y para poder expresarme con más sinceridad los días que estaba mal. Aún así, claro, hay que tratar de mantener la «calidad», así que no queda otra que intentar mantener el tipo, por muy revuelta que estés. La verdad es que el embarazo es duro para la mujer trabajadora, para qué vamos a decir otra cosa.

 

El temor a hacer algo perjudicial para mi retoño

Ésta era también una constante, el ¿me estaré pasando? ¿Debería dejar de hacer esto? ¿Y si algo sale mal? Incluso he llegado a hablar con él (¡Agárrate bien, que vamos!) También un cierto temor a  los cambios que están por venir, decisiones que tienes que tomar, reestablecer prioridades… Un lío. Gustoso, pero lío.

Mis adaptaciones como alumna: Una vez más, modular la intensidad, en esto prefiero pecar de demasiado precavida que de temeraria. Ojo a los pranayamas: nada de movimientos abdominales fuertes y nada de retenciones de aire. En clase solemos hacer siempre Kapalabhati y Anuloma Viloma, tuve que cambiar los dos. Kapalabhati está muy contraindicado durante el embarazo, así que me quedo con respiración yógica completa, intentando darle un ritmo constante (inhalo en 3, exhalo en 6). Anuloma Viloma, por tener retenciones de aire, tampoco conviene, me quedo con Nadhi Sodhana (respiración alterna 3:6 sin retención). Eso, los días que puedo, porque a veces sólo me apetece quedarme con respiración natural o Ujjayi. Ojo también a las posturas invertidas activas, desaconsejadas durante el primer trimestre. Sarvangasana y Halasana las cambié por Viparita Karani pasiva, con la zona sacrolumbar apoyada en un cojín y una manta (para darle un poquito más de altura, que me iba mejor) y las piernas descansando estiradas en la pared. Ésta me parece una postura increíblemente restaurativa y muy, muy relajante. Sirsasana directamente ni la intentaba.

Mis adaptaciones como profesora: No mostrar. Kapalabhati he dejado de hacerlo (aunque rara vez lo proponía, ya que tengo alumnos con poco tiempo de práctica, en general), porque o se muestra, o no se entiende normalmente. El resto, simplemente lo explico y lo guío, marcando los conteos y la fosa nasal que toca In, Ex. Las invertidas, sólo me he encontrado una vez que tuve que mostrarla, porque una alumna me preguntó algo sobre la postura que no le podía explicar sin hacerla, pero en general tampoco las enseño, sólo las guío con palabras y dejando que los que no saben muy bien cómo va la cosa se fijen de los que sí saben.

Resumiendo…

El embarazo es toda una experiencia vital para la que no encuentro comparación. En mi caso, he encontrado mucho consuelo compartiendo experiencias con otras mujeres que están o han estado embarazadas, sabiendo que muchas están pasando por lo que yo o lo han pasado en su día, y que es parte del proceso normal. No he tenido la suerte de tener ahora entre mis allegados practicantes ni profesoras de Yoga, pero tampoco importa.

Pero, a pesar de que es algo precioso y lleno de ilusión y emoción, también es cierto que seguir con tu vida «como si nada» se hace muy difícil. Durante las primeras semanas no podía ni leer, no me daban ni la cabeza ni las fuerzas. Cuando, además, tu trabajo depende en cierta medida del buen estado de tu cuerpo, la cosa se hace mucho más cuesta arriba, o igual que para el resto, no lo sé. Te das cuenta de que ni puedes seguir el mismo ritmo, ni mucho menos lo vas a poder hacer cuando nazca el bebé, por muy implicado que esté el padre, así que se hace inevitable hacer cambios y tomarlos como parte de la vida, como todos los cambios. En mi caso, la decisión de cerrar el centro de Guindalera y continuar mi actividad con Gangadhara, que es quien me vio nacer como alumna y como profesora, me deja una sensación ligeramente agridulce: pena por un lado, porque ha sido un año muy intenso y muy bonito, viendo como Loto Verde salía de la web y se materializaba en la calle; pero, por otro, lo que me une a Gangadhara es fuerte, y estoy también muy feliz de volver allí.

A veces te das cuenta de que la clave es facilitarte las cosas, como digo siempre, ¡SIMPLIFICA! Simplifica tu trabajo, simplifica tus relaciones (di adiós a las complicadas o tóxicas), simplifica tu práctica (déjate de florituras), simplifica tu casa (vacíate de cosas que ya no usas y no te sirven). Deja espacio para lo nuevo, lo que tenga que llegar, porque si no hay sitio, no cabe. Deja espacio para sentir. Dan igual las expectativas, lo que pensabas que iba a ser y que resulta que ya no es, porque la vida tenía otros planes para ti. Unas veces hay que perseguir los sueños, pero éstos no son inamovibles, no son rígidos, sino que pueden manifestarse de infinitas formas, y siempre hay alguna manera de llegar a ellos, aunque te parezcan lejanos. Me parece hasta divertido ver cómo tu vida cambia, como fluye, cómo se adapta si te lo permites. Porque lo que tenga que ser, será. Y tú, te transformarás como ella te pida.

 

BAVA NAMA KEVALAM (Todo lo que Hay es Amor)

Irene.

 

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